lunes, 12 de octubre de 2015

Disco de la semana (42) : Lady sings The Blues - Billie Holiday

Billie Holiday – Lady Sings The Blues

Me convertí rápidamente en una de las esclavas mejor pagadas de la región, ganaba 1.000 dólares a la semana, pero no hubiera disfrutado de más libertad de estar recogiendo el algodón en Virginia.
Billie Holiday, 1944.

En cerca de dos años, han desfilado por este blog una multitud de artistas destrozados por los abusos de todos los tipos; vidas patéticas y miradas lastimeras. Parece que sin alcohol y drogas la música no suena igual. Como si las lentejuelas brillaran menos y los aplausos fuesen menos nutridos. Espejismo magnético para muchos, que pactaban con el diablo la salida de una espiral de la que casi siempre salían disparados, estampados contra el muro de la vanidad y la vacuidad.
De todos ellos, Billie Holiday fue posiblemente la más extrema. He leído Dickens y Victor Hugo, pero he de admitir que la vida de Billie Holiday no tiene nada que “envidiar” a la de Oliver Twist o de Cosette. Muchas veces no hacía falta ni esperar a que se apagasen los focos para ver que detrás del colerete y las mangas largas, había un desamparo infinito, violencia, angustia, alcohol y heroína.
Billie Holiday
Murió en 1959 con tan sólo 44 años, pasando los últimos 44 en medio de una huracán de desgracias, engaños, problemas y traiciones. Los únicos compañeros de vida que no la defraudaron fueron el alcohol y la heroína, que consumía hasta durante sus curas de desintoxicación.
Nació de padres demasiado jóvenes, quince ella, diecisiete él. Su padre ni la reconoció, por lo que se crió con su madre, en la que volcó poco a poco todo su amor y empatía, a pesar de la dureza de la vida: con trece años Billie fue arrestada por prostituirse. A su salida de cárcel, empezó a ganarse la vida cantando en el Log Cabin, uno de los numerosos clubs de Harlem. Ahí fue donde empezó todo: la gloria, para los que sólo veían a quien fue posiblemente la cantante de jazz más grande del siglo XX; y el infierno, para quienes sabían quien se escondía detrás de los vestidos de gala.
Raras veces conoció la serenidad, menos aún la felicidad. Tal vez durante su primera gira europea, en 1954, cuando dio recitales en las principales capitales del viejo continente en las que la recibieron como a la Reina que era. Un triunfo con el que olvidó un instante esta vida de víctima perpetua por culpa de los hombres, la mala suerte, su capacidad a enamorarse de los peores engendros masculinos, una gestión desastrosa de sus royalties. Y por culpa del alcohol, la marijuana, la heroína, con los que creía poder superar sus males, cuando sólo precipitaban su caída.
Posiblemente la vida de artista musical más triste que se recuerde. En sus últimos años, le costaba cada vez más cantar en conciertos, grabar discos, dar entrevistas. Su estado de salud llevaba años empeorando, dejando un cuadro médico de escuela, con edemas, cirrosis, cansancio crónico, insuficiencia renal, pero seguía bebiendo e inyectándose todo tipo de venenos. Falleció el diecisiete de julio de 1959. Dos días después tuvo lugar su entierro, al que asistieron más de tres mil personas.
Porque a pesar de todo, era como una diosa. Y vendía como tal. En su “testamento” dejó a su ex marido –uno de ellos- la ridícula suma de 1.345 dólares, y los derechos de sus canciones. Seis meses después, las royalties sobre las ventas de sus discos ya le suponían a este señor más de cien mil dólares. Una cifra que da una idea de cuánto se llegó a gastar en su deriva y cuánto le robaron todos los que la rodeaban.

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