LA
ÚLTIMA PLANTA
(Josep Sebastián)
—Ah, Padilla, cuanto tiempo ha pasado —me
dijo Barrachina en su nuevo despacho de
director general, en la última planta, la noble, del Banco Central.—Cuarenta
años nada menos, amigo.
Me ofreció un café que acepté. Fue el
último que tomamos juntos.
Como juntos entramos de botones en la nómina de aquella fábrica de gestionar dinero ajeno, cuando no había ni currículos ni casi siquiera entrevistas. Solo ser espabilado y ganas de trabajar como personas adultas. Teníamos ambos catorce y podíamos seguir los estudios de comercio en el turno nocturno de la academia del barrio.
Barrachina era el empleado diligente y de
marcado servilismo. Dejaba los cafés en las mesas de los empleados y se despedía con una reverencia exagerada.
Trataba de señor hasta al último auxiliar administrativo incorporado y se
prestaba a hacer horas extras, naturalmente sin exigir cobrarlas, cuando había
cierre de balance y ciertos jefes se quedaban hasta bien tarde. A veces incluso
cogía una fregona y limpiaba la acera de excrementos de las palomas que
poblaban la baranda de la azotea.
Su carrera laboral corrió paralela a la
mía tan solo cuatro años. Justo cuando le nombraron conserje después que
despidieran a Alcántara por un extraño paquete que apareció en el cajón de su
mesita, a la entrada del banco. Un paquete lleno de octavillas contra el
régimen. El bueno de Alcántara siempre lo negó, pero le costó el puesto y unos
años en la trena.
En su nuevo puesto se ganó la confianza de
Arpón, el cajero. Pasaba apuros por un negocio fallido y Barrachina tenía siempre el hombro y los
oídos para consolarle. Arpón no paraba de ir de juzgado en juzgado y denuncia
en denuncia, por lo que, alguna vez y fuera de horario, le dejaba las llaves
para cuadrar la caja diaria.
Un día despidieron al cajero por un
descubierto en caja de más de diez millones de pesetas, y ahí estaba
Barrachina, con el título de oficial contable en el bolsillo, para solicitar el
puesto. Altisench, el jefe de personal
que siempre era el primero en recibir la correspondencia y el café cada
mañana de manos del servicial conserje, también fue el primero en felicitarle
por su nuevo ascenso.
Lo tuve como jefe en el departamento de
Cartera, después que descubrieran unos endosos sospechosos y unas botellas de
coñac en el cajón del anterior, Pallarés, del que me despedí con lágrimas en
los ojos por lo bien que nos trató en el negociado. Coincidí poco pues a los tres
años Barrachina era ya interventor del banco, sustituyendo a Corominas, que no
salía de una fuerte depresión después de que su mujer descubriera que mantenía
a Joana, una putita muy ambiciosa.
El cargo de apoderado se lo comunicó el
entonces director general, durante una partida de golf. También le ofreció
meterse en política pero Barrachina era más listo y lo esquivó entre el hoyo
diez y el once, cuando la bola se fue al lago artificial del campo.
—Vaya, señor Dárcenas, esa bola se ha
metido en terreno fangoso.
A los dos años y diez meses, y después de
un escándalo de financiación ilegal en su partido afín, Dárcenas fue apartado
de la dirección general del Banco y se fue a un lejano país a disfrutar un
retiro dorado.
—Por fin has llegado a la última planta, Barrachina —le dije sorbiendo el café. Es lo que siempre deseaste, no?
—Tú lo has dicho, Padilla. No sabes los
esfuerzos que me ha costado, y un alto grado, también he de decirlo, de azar en
el destino, pero por fin lo he conseguido. El despacho en la planta diez, una
mujer, Joana, encantadora, dos hijos con buenas carreras y amigos como tú. Que
por cierto —prosiguió como un monólogo—, tampoco te ha ido tan mal en el banco…
—No me puedo quejar como responsable de
Futuros, Barri.
—Es un puesto muy atractivo yde gran
responsabilidad, Padilla. Recuérdame que un día de estos hable con el jefe de personal y revise tu sueldo.
—No te esfuerces, Toño —poco a poco fue
aumentando el grado de confianza en el trato. Y una pregunta, no te seduce
subir al máximo, a la última planta?
—Hombre, Padilla…puedo llamarte Pepe, como
cuando éramos botones? “Sí, claro, puedes”. Sabes —dijo sonriendo—, que ésta es
la última planta del edificio. Pero si te refieres a asumir la presidencia,
sabes que no me gusta meterme en política.
—Entiendo.
—Te acuerdas de Alcántara, el conserje,
hace cuarenta años? Así le fue por sus tímidos escarceos con la izquierda
antifranquista. Y sin ir más lejos, a Lorente, el anterior director, no le fue
muy bien en su carrera profesional el asunto político.
—Lorente está en un país con cocoteros y
playas transparentes y Alcántara creo que se gana la vida en una empresa
municipal de limpieza de las calles. No me refería a la última planta profesional,
Barrachina —proseguí—, sino a la de este edificio, a la azotea.
—Jajaja, que ocurrente eres, Pepito
—exclamó el director. Si te he de decir, jamás he subido. Creo que está llena
de aparatos de aire acondicionado y palomas.
—Subamos y veamos cómo ha cambiado la
ciudad en estos cuarenta años, Barrachina. La ciudad y nosotros, todo se ha de
decir.
—Me parece bien. Llamo al conserje que me
suba las llaves.
Después
de cuarenta años, ya no hay botones tan diligentes como Barrachina en las
entidades bancarias. Los cafés se sacan de máquinas automáticas y los
documentos circulan por correo electrónico. Y la acera de delante de la gran
puerta giratoria la limpian vehículos eléctricos, que sacan tanto los
excrementos de las palomas como los restos de sangre. Restos que han quedado
después de que el juez tomara nota de la caída de un hombre desde la última
planta de aquel augusto edificio.
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