Le aconsejaron unas horas de gimnasio a la
semana para compensar el estrés que suponía su dedicación plena a la política.
Congresos, mítines, reuniones, ponencias, relaciones, viajes por todo el
estado, inauguraciones…, necesitaban esa descarga de adrenalina que se supone coloca al individuo en una situación de tranquilidad que le era robada en su
frenética actividad del día a día.
Empezó por lo que se le conoce como
máquinas, pero a lo que realmente le cogió el gusto fue al saco de entrenamiento de boxeo. Se
compró unos guantes y allí, directos, jabs, uppercuts y crochets golpeaban con
fuerza tarde tras tarde, porque ya era diario el paso por la zona de artes
marciales. No contento con el uso de los puños, un par de días a la semana
practicaba kickboxing para descargar también la rabia con sus pies.
Cuando, ya casi de noche, salía para
dirigirse a su casa, le gustaba que los compañeros le dijeran cosas como
“adiós, machote”, “vamos, campeón” o “eres el mejor, monstruo”, sobre todo los
días en que las cosas no le habían ido bien en el empeño de su honrosa
profesión.
Entonces, llegaba a casa y seguía dándole
al saco. Su esposa, agazapada en el rincón de la habitación, esperaba con
angustia el grito de “segundos fuera”. Y ahí empezaban los verdaderos asaltos
de aquel cruel combate.
Hoy, Kid Bárcenas, como le llaman en
prisión, sigue su rutina de entrenamientos. Llegó a su nueva residencia por
asuntos de corrupción al contrario de lo que se pudiera suponer. Su esposa le
trae un par de veces por semana un tupper con comida casera y espera con ansias
que le concedan el bis a bis. Por eso, su marido reserva un par de horas para
entrenar con algún sparring drogadicto e indefenso.
Art Blakey and The Jazz Messengers: Moanin’ (1958, Blue Note)
El hard bop en plenitud, con las alas extendidas. Al igual que ocurrió
con Miles Davis, los músicos de Blakey terminaron teniendo destacadas
trayectorias por sí mismos. El aullido de los mensajeros del jazz es más
potente que el canto de las sirenas. Ningún pie habrá de permanecer
inmóvil ante el piano de Bobby Timmons, el bajeo de Jymie Merritt. Lee
Morgan en la trompeta y Benny Golson en el saxo desarrollan una
apasionante conversación. Y sobre todo, es increíble lo que ocurre
cuando el baterista es el líder de la banda, omnipotente y demencial,
los demás tendrán que arreglárselas para aguantarle el paso. Éste es un
disco que te saca a caminar. JP
El 30 de octubre de 1958, en los estudios de Rudy Van Gelder en
Hackenshack, New Jersey, el productor Alfred Lion reunió a Art Blakey y
sus mensajeros del Jazz (Lee Morgan a la trompeta, Benny Golson al saxo
tenor, Bobby Timmons al piano y Jymie Merritt al bajo) para grabar Moanin’, uno de mis álbumes preferidos y que hoy quiero compartir con vosotros.
Alfred Lion había fundado en 1939 junto con Max Margulis el sello
discográfico Blue Note Records, famoso no sólo por haber impulsado el
Jazz moderno con músicos de la talla de Thelonious Monk, sino por la
excelencia de sus grabaciones a cargo de su ingeniero de sonido Rudy Van
Gelder o de las potentes fotografías de Francis Wolf que ilustraban las
portadas de sus elepés.
Hoy en día podemos seguir disfrutando de esa maravillosa música,
tanto en vinilo como en excelentes reediciones en CD, y disfrutar de las
extraordinarias tomas de sonido de Rudy Van Gelder, que era un mago
colocando los micrófonos, regulando los niveles y mezclando el
resultado.
Muchas de esas sesiones de grabación fueron fotografiadas por Francis
Wolf y algunas son ya imágenes icónicas que han sido recogidas en un
libro que se titula The Blue Note Years: The Jazz Photography of Francis Wolff, publicado por Rizzoli y que es un regalo perfecto para un aficionado al género.
Según le contaba Benny Golson en una entrevista de 1998 a Marc Myers
de JazzWax, Art Blakey y Alfred Lion no se llevaban muy bien por aquel
entonces, pero Benny le convenció para que fuera a verles actuar al
mítico Five Spot de Brooklyn, tras lo cual solo pudo decir ¿cuándo
grabamos?
Y de allí surgió este álbum increíble titulado Moanin’, que abre con el tema Moanin’ y cierra con una toma alternativa de Moanin’. Y es que Moanin’, composición original de Bobby Timmons que ya comentáramos por aquí en su álbum This Is Bobby Timmons,
es el protagonista de esta grabación, pero tendremos que hablar también
del resto de temas, pues están también a un nivel muy alto.
No me extraña que Art Blakey se quedase enamorado de la composición
de Timmons, y me imagino al propio Timmons cuando creó esa secuencia de
diez notas, una melodía contagiosa que es como una puerta que se abre,
sentiría algo muy especial, sabiendo que aquello era algo grande.
Pero si la versión de Moanin’ de Bobby Timmons era grande,
la versión que consigue el quinteto de Art Blakey la lleva un paso más
allá y la convierte en algo mucho más grande gracias al trabajo en
equipo. Timmons comienza con su melodía inconfundible, con Morgan y
Golson alzándose como dos coristas exquisitos con su trompeta y su saxo,
con Blakey y Merritt llevando el ritmo perfectamente, acompañando los
solos de Morgan – que me parece el mejor – y de Golson, que a ratos se
muestra hasta furioso. Timmons tiene un magnífico solo también con una
profunda carga de blues, algo que combina muy bien en este tema largo,
nueve minutos y medio de auténtico placer.
Seguimos con Are You Real?, de nuevo Morgan y Golson
mandando a dúo en una melodía pegadiza, compuesta por el propio Golson,
que interpretan todos con brío y garra en general, pero con mucho
espacio para que cada uno brille con luz propia. Along Came Betty es una deliciosa balada que sigue la misma
fórmula de entrada a dúo con los vientos, con Blakey y Merritt marcando
un tempo mucho más relajado, y con Timmons dejando caer sus notas
suavemente. Morgan está simplemente increíble en su solo a partir de 1′
14″, uno de mis preferidos junto a su versión de I Remember Clifford
en su Volumen 3. En 2′ 30″ le toma el relevo Golson con su saxo tenor,
más carnoso y con más cuerpo. Está muy bien también, pero en mi cabeza
siguen sonando las notas de Morgan… ¡me encanta Lee Morgan!
Pero ellos son los Jazz Messengers, la banda de Art Blakey, y en el
siguiente tema quien lleva el peso es el propio Art, que se marca un
arranque con un solo de batería que te deja con la boca completamente
abierta. The Drum Thunder Suite es una sucesión de solos de
batería impresionantes con pequeñas intervenciones de Morgan y Golson
acompañando a un Blakey poseído por sus baquetas. No hay vez que lo
escuche que no termine con la piel de gallina, emocionado imaginando la
escena. El tema, composición original de Blakey es realmente un medley
de varios temas, una suite como la titularon en la que se mezclan Drum Thunder, Cry a Blue Tear y Harlem’s Disciples, una clara muestra de que estamos delante no solo de intérpretes, sino de auténticos músicos.
Con Blues March te puedes sentir en medio del campo de
batalla, con su comienzo al estilo de marcha militar, seguido de nuevo
por otra melodía contagiosa – ¿cuántas van ya? -, salida en este caso de
la cabeza de Golson y que una vez más, Morgan aprovecha para sacar todo
lo que lleva en su interior. Las transiciones entre solos son
nuevamente una marcha militar, con las baquetas de Blakey sin parar. Come Rain or Come Shine, el clásico de Harold Arlen y
Johnny Mercer es el único standard del álbum y lo interpretan usando de
nuevo la fórmula de la entrada a dúo de Morgan y Golson, con un tempo a
medio camino entre la balada y algo más pues Golson aquí también se
muestra con un punto de rabia. Morgan está mucho más comedido y
controlado, en este tema y en general en toda la sesión.
Y cerramos la sesión con una toma alternativa de Moanin’, que a veces pienso que debiera haber sido la principal, muy, muy buena también.
No lo he comentado, pero el álbum comienza con un apunte de lujo, un
pequeño diálogo entre Rudy Van Gelder y Lee Morgan hablando sobre dónde
colocarse. Well, I’ll step back a little bit, le dice Lee Morgan, y menos mal, si se llega a colocar más cerca, nos come con su presencia. Art Blakey and The Jazz Messengers: Moanin’ (1958, Blue Note)
Érase una vez tres palabras que,
desobedeciendo al ejército de compatriotas que desertaban de aquella historia,
decidieron resistir junto al cuentista y salvar al país de los libros.
Siempre os estaré agradecido porque, entre
otras cosas, sin vosotras, Una, Vez y Érase, no hubiera podido ni siquiera
empezar este cuento.