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jueves, 26 de noviembre de 2015

La ventana de las maravillas



LA VENTANA DE LAS MARAVILLAS

(Josep Sebastián)
     
     Un fuerte resfriado le obligó a guardar reposo en casa, alejado de sus amigos y libre de obligaciones escolares por unos días.
     Pasaba largas horas mirando desde la ventana el trasiego imparable de coches de bomberos, taxis, ambulancias, bicicletas, turismos, coches de policía, motos con y sin sidecar, descapotables. También aviones e incluso vio caballos al trote en desfile.
     Una vez recuperado, pudo bajar de nuevo a la polvorienta y pedregosa calle, dónde sus amigos le esperaban con las canicas preparadas para jugar al gua. Parecía como mareado mientras esquivaba enormes ratas y algún perro vagabundo perseguido por los empleados de la perrera.
     Al cruzar la calle se detuvo a mirar como tres operarios de tez oscura desmontaban el tiovivo que había animado las fiestas de aquel barrio periférico.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Cantos de sirena




CANTOS DE SIRENA

(Josep Sebastián)

Recuerdo que, siendo niño, si oía una sirena mientras iba hacia mi casa, siempre creía que era un coche de bomberos dirigiéndose a nuestro edificio en llamas.
Con egoísta satisfacción comprobaba al girar la esquina que no era cierto, más aun, dirigía una mirada a la casa de enfrente dónde vivía un compañero de escuela al que todos teníamos manía, Paquito Barrachina.
Paquito tenía un juego de química con nombre de astronauta soviética, Quiminova creo se llamaba. Era la envidia de la clase, siempre andaba haciendo experimentos que ostentaba con orgullo. Un año los reyes me trajeron uno parecido, pero con fórmulas más  complejas y con más productos y utensilios. Se llamaba Atom y en la caja ponía made in Germany.
Un día, volviendo de la escuela, y absorto en mis pensamientos de haber conseguido la fórmula y fabricación de un producto químico con un nombre de lo más sofisticado, Nitroglicerina, no oí la sirena antes de doblar la esquina y contemplar mi edificio derrumbado y en llamas. Paquito, en el balcón de enfrente, jugaba sin inmutarse una partida de “Hundir la flota” con su hermano gemelo.
Me pregunto por qué les escribo todo esto desde el camarote de una fragata de la marina de mi país, en una guerra que no es la mía y a tantos kilómetros de casa. Quizás porque espero el momento en que nos den el “tocado y hundido” y un grupo de sirenas me seduzca con aquellos cantos que yo escuchaba por las calles de mi barrio.