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sábado, 28 de noviembre de 2015

Razón de género





RAZÓN DE GÉNERO

 (Josep Sebastián)

     Tomé un taxi en el aeropuerto y vi que lo conducía una mujer. Horas antes, azafatos servían bebidas en el avión.
     Al llegar a casa, el silencio besó suavemente mi  boca y la soledad me abrazó con poderosos brazos.
     Ya nada sorprende, pero esa noche, soñé que ya no era yo.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La ventana de las maravillas



LA VENTANA DE LAS MARAVILLAS

(Josep Sebastián)
     
     Un fuerte resfriado le obligó a guardar reposo en casa, alejado de sus amigos y libre de obligaciones escolares por unos días.
     Pasaba largas horas mirando desde la ventana el trasiego imparable de coches de bomberos, taxis, ambulancias, bicicletas, turismos, coches de policía, motos con y sin sidecar, descapotables. También aviones e incluso vio caballos al trote en desfile.
     Una vez recuperado, pudo bajar de nuevo a la polvorienta y pedregosa calle, dónde sus amigos le esperaban con las canicas preparadas para jugar al gua. Parecía como mareado mientras esquivaba enormes ratas y algún perro vagabundo perseguido por los empleados de la perrera.
     Al cruzar la calle se detuvo a mirar como tres operarios de tez oscura desmontaban el tiovivo que había animado las fiestas de aquel barrio periférico.

lunes, 15 de diciembre de 2014

El viaje



EL VIAJE CARTESIANO
(Josep Sebastián)
Me habían hablado muy bien de aquella agencia de viajes. No era habitual que te ofrecieran una oferta turística a la medida de una determinada situación personal, y después de la negociación marché con la impresión de que la idea era de lo más ocurrente y original.
     El asunto estaba en trazar un mapa cartesiano en el que el eje de abscisas indicaba la edad del viajero y el de coordenadas el valor entre uno y diez de su situación anímica. Este dato podía ser marcado directamente por el criterio subjetivo del individuo o por su psiquiatra de cabecera.
     Trazando las líneas oportunas se incidía en un punto de un mapamundi en blanco, momento en que el empleado de la agencia pasaba a describir las características del viaje, que empezaba por un hecho inquietante: no se sabía ni cuando ni de dónde partía, la incertidumbre de lo cual se compensaba con la satisfacción de comprobar que no incluía el avión, dada mi aversión a la navegación aérea. Tampoco me eran revelados el destino ni la fecha de regreso. Pagué la reserva y me fui a casa con la agitación que provoca el hecho de estar llevando las cosas a merced del mar de lo desconocido.
     Y fue precisamente el mar el decorado que me esperaba, pues al cabo de unos días recibía una llamada de la agencia para iniciar un crucero a través del océano. En ningún momento se me indicó de que puerto partía pero de pronto me vi enrolado en un barco monumental y en el que el que los únicos pasajeros éramos mi sombra y yo. Un barco en el que no había orquesta ni sala dónde proyectar alguna gran producción cinematográfica. La música era el azotar de las olas en cubierta y la pantalla en cinemascope era un universo estrellado y una luna llena prestos a pedir la contemplación más duradera que jamás yo hubiera imaginado.
     No sé si el viaje duró uno, dos, tres o quince días, pero en el momento en que una mañana me acarició la aurora con un beso aterciopelado comprendí que aquel momento sublime hacía honor al slogan al que hacía referencia el rótulo de la agencia:
“Con las glorias se olvidan las memorias”