Un fuerte resfriado le obligó a guardar
reposo en casa, alejado de sus amigos y libre de obligaciones escolares por
unos días.
Pasaba largas horas mirando desde la
ventana el trasiego imparable de coches de bomberos, taxis,
ambulancias, bicicletas, turismos, coches de policía, motos con y sin sidecar,
descapotables. También aviones e
incluso vio caballos al trote en desfile.
Una vez recuperado, pudo bajar de nuevo a
la polvorienta y pedregosa calle, dónde sus amigos le esperaban con las canicas
preparadas para jugar al gua. Parecía como mareado mientras esquivaba enormes
ratas y algún perro vagabundo perseguido por los empleados de la perrera.
Al cruzar la calle se detuvo a mirar como
tres operarios de tez oscura desmontaban el tiovivo que había animado las
fiestas de aquel barrio periférico.
Me
habían hablado muy bien de aquella agencia de viajes. No era habitual que te
ofrecieran una oferta turística a la medida de una determinada situación
personal, y después de la negociación marché con la impresión de que la idea
era de lo más ocurrente y original.
El
asunto estaba en trazar un mapa cartesiano en el que el eje de abscisas
indicaba la edad del viajero y el de coordenadas el valor entre uno y diez de
su situación anímica. Este dato podía ser marcado directamente por el criterio
subjetivo del individuo o por su psiquiatra de cabecera.
Trazando
las líneas oportunas se incidía en un punto de un mapamundi en blanco, momento en
que el empleado de la agencia pasaba a describir las características del viaje,
que empezaba por un hecho inquietante: no se sabía ni cuando ni de dónde partía,
la incertidumbre de lo cual se compensaba con la satisfacción de comprobar que
no incluía el avión, dada mi aversión a la navegación aérea. Tampoco me eran
revelados el destino ni la fecha de regreso. Pagué la reserva y me fui a casa
con la agitación que provoca el hecho de estar llevando las cosas a merced del
mar de lo desconocido.
Y
fue precisamente el mar el decorado que me esperaba, pues al cabo de unos días
recibía una llamada de la agencia para iniciar un crucero a través del océano.
En ningún momento se me indicó de que puerto partía pero de pronto me vi
enrolado en un barco monumental y en el que el que los únicos pasajeros éramos
mi sombra y yo. Un barco en el que no había orquesta ni sala dónde proyectar alguna
gran producción cinematográfica. La música era el azotar de las olas en
cubierta y la pantalla en cinemascope era un universo estrellado y una luna llena
prestos a pedir la contemplación más duradera que jamás yo hubiera imaginado.
No
sé si el viaje duró uno, dos, tres o quince días, pero en el momento en que una
mañana me acarició la aurora con un beso aterciopelado comprendí que aquel
momento sublime hacía honor al slogan al que hacía referencia el rótulo de la
agencia: