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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Paraíso al revés


 PARAÍSO AL REVÉS

Picando una cebolla la otra tarde me rebané un dedo, prácticamente me corté la yema. Entonces lo que hice fue pegarla otra vez. La dejé ahí creyendo que se adheriría de nuevo a la carne y sus fibras recobrarían la entereza de antes, fundiéndose y confundiéndose con sus fibras hermanas, brevemente ausentes. Pero no fue así. El trozo de piel quedó mal, pegado como por encima, endeble de uno a otro borde. Entonces pensé que eso pasaba un poco como cuando una mujer que amamos nos deja un buen día y, al siguiente, intentamos recuperarla, algo así de su carne ya no termina de adherirse bien a la nuestra, ni sus ojos nos miran como antes en el desayuno, ni sus manos nos acarician la espalda de la misma manera tierna al regresar del trabajo, y su alma como su amor queda colgando de un hilo, en las orillas del viento, a la deriva, y entrada la noche uno, quebrado en dos pedazos, termina andando por las calles peor que un fantasma.
Rogelio Guedea

domingo, 23 de agosto de 2015

Juego sucio



Resultat d'imatges de rey de copas baraja españolaResultat d'imatges de sota de oros baraja española



JUEGO SUCIO

(Josep Sebastián)

     —A ese le voy a tener que cantar las cuarenta —pensé.
Al instante vi que no iba a ser posible. La sota, la maldita puta de oros, se había fugado con el rey de copas. Me quedé con cara de póker.
Al no poder jugar todos, decidí romper la baraja.

domingo, 22 de marzo de 2015

El pescador




El pescador de lágrimas

En Ibiza, enganchada entre sus redes, un pescador ha recuperado un ánfora fenicia llena de lágrimas. Lo supo por el aroma de llanto. Son de las mujeres de los pescadores que el mar se quedó. Una de ellas, la más cristalina, le ha reflejado el rostro de su padre y ha emitido la fragancia de su madre.
Después de abismar la vasija en el mar y empujado por brisas de gaviotas, ha remado rápido a puerto con deseos de abrazar a su mujer y decirle a su madre que ya no hace falta que vuelva a llorar en el acantilado.
Javier Ximens

lunes, 9 de febrero de 2015

Un golpe de suerte

UN GOLPE DE SUERTE

Miguel Bravo Vadillo

Un buen día, después de cinco años en paro y cuando toda clase de locuras (la más reincidente la del suicidio) rondaban mi mente, recibí una llamada telefónica que me dejó perplejo. Al parecer había ganado un premio literario por mi novela Un universo paralelo (por razones que el lector comprenderá más adelante he preferido emplear un título supuesto, y no el verdadero). Por un simple instinto de supervivencia le di las gracias a la señorita, o señora, que me hablaba desde el otro lado del hilo telefónico y le aseguré que en la fecha prevista acudiría encantado a la ciudad que me agasajaba con tan notable honor (también he considerado oportuno callar el nombre de la ciudad y el del premio en cuestión). La señorita –o señora–, muy amable, me felicitó de nuevo y se despidió recordándome que me enviarían un correo electrónico con toda la información que pudiera necesitar. Sobra decir que aquel generoso premio me venía como caído del cielo. Sólo un pequeño detalle se me antojaba francamente extraño: yo no había escrito ninguna novela.
Cuanto más me esforzaba en comprender lo ocurrido, más confuso me parecía todo. Aquella señorita (o señora) había llamado a mi número de teléfono y había preguntado por alguien que se llamaba como yo. En principio, alguien que tiene mi mismo nombre, mis mismos apellidos e idéntico número de teléfono, no puede ser otro que yo mismo. Pero si yo no había escrito ninguna novela y, desde luego, no había participado en ningún premio literario, ¿cómo era posible que hubiese resultado ganador?
Cavilé durante todo el día sobre aquel asunto. Supuse que si me personaba a recoger el premio, me exigirían una identificación; claro que, pensándolo bien, esto era algo que podría hacer sin problemas, ya que bastaba con mostrar mi carnet de identidad. Así las cosas, sólo tendría que sonreír, mostrarme amable y agradecido, recoger el cheque y volver a casa. Al instante comprendí que no podía ser tan sencillo: también me harían preguntas referentes a la novela, tendría que firmar un contrato de edición, y luego hacerme pasar por escritor durante el resto de mi vida. ¡Menudo dilema! Sin embargo, después de largas horas devanándome los sesos, decidí seguir adelante y continuar con la farsa, ya que poco tenía que perder y sí mucho que ganar.
Y lo cierto es que no me arrepiento de lo que hice: cien mil euros son muchos euros, y se trata, además, de una cifra que da mucho prestigio; tanto que puedo decir, la mar de satisfecho, que a partir de entonces no me ha ido nada mal como escritor.