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lunes, 9 de febrero de 2015

Un golpe de suerte

UN GOLPE DE SUERTE

Miguel Bravo Vadillo

Un buen día, después de cinco años en paro y cuando toda clase de locuras (la más reincidente la del suicidio) rondaban mi mente, recibí una llamada telefónica que me dejó perplejo. Al parecer había ganado un premio literario por mi novela Un universo paralelo (por razones que el lector comprenderá más adelante he preferido emplear un título supuesto, y no el verdadero). Por un simple instinto de supervivencia le di las gracias a la señorita, o señora, que me hablaba desde el otro lado del hilo telefónico y le aseguré que en la fecha prevista acudiría encantado a la ciudad que me agasajaba con tan notable honor (también he considerado oportuno callar el nombre de la ciudad y el del premio en cuestión). La señorita –o señora–, muy amable, me felicitó de nuevo y se despidió recordándome que me enviarían un correo electrónico con toda la información que pudiera necesitar. Sobra decir que aquel generoso premio me venía como caído del cielo. Sólo un pequeño detalle se me antojaba francamente extraño: yo no había escrito ninguna novela.
Cuanto más me esforzaba en comprender lo ocurrido, más confuso me parecía todo. Aquella señorita (o señora) había llamado a mi número de teléfono y había preguntado por alguien que se llamaba como yo. En principio, alguien que tiene mi mismo nombre, mis mismos apellidos e idéntico número de teléfono, no puede ser otro que yo mismo. Pero si yo no había escrito ninguna novela y, desde luego, no había participado en ningún premio literario, ¿cómo era posible que hubiese resultado ganador?
Cavilé durante todo el día sobre aquel asunto. Supuse que si me personaba a recoger el premio, me exigirían una identificación; claro que, pensándolo bien, esto era algo que podría hacer sin problemas, ya que bastaba con mostrar mi carnet de identidad. Así las cosas, sólo tendría que sonreír, mostrarme amable y agradecido, recoger el cheque y volver a casa. Al instante comprendí que no podía ser tan sencillo: también me harían preguntas referentes a la novela, tendría que firmar un contrato de edición, y luego hacerme pasar por escritor durante el resto de mi vida. ¡Menudo dilema! Sin embargo, después de largas horas devanándome los sesos, decidí seguir adelante y continuar con la farsa, ya que poco tenía que perder y sí mucho que ganar.
Y lo cierto es que no me arrepiento de lo que hice: cien mil euros son muchos euros, y se trata, además, de una cifra que da mucho prestigio; tanto que puedo decir, la mar de satisfecho, que a partir de entonces no me ha ido nada mal como escritor.

lunes, 29 de diciembre de 2014

El gordo



ALGO GORDO
(Josep Sebastián)
El caso de la Lotería de Navidad.
La normalidad vuelve poco a poco a las calles y hogares
Madrid, 28 de diciembre. Agencia Hache.
“La ola de protestas, suicidios, manifestaciones, asaltos y homicidios que desde el pasado 21 de diciembre asolan el país van remitiendo…”

Miguel Moragriega era un buen estudiante. También destacaba en su afición a la magia de cerca. Desde niño sorprendía con sus habilidades prestidigitadoras en el arte de hacer desaparecer objetos ante la mirada atónita de amigos y familiares. Incluso mientras estudiaba la carrera de leyes se ganaba algún dinero en pequeños locales de copas y espectáculos de variedades.
Al licenciarse en Derecho dedicó cuatro largos años a prepararse oposiciones a notarías, las cuales alcanzó con excelentes calificaciones. Se convirtió profesionalmente en uno de los más prestigiosos notarios del estado, lo que le permitió acceder al equipo que velaba y certificaba la fiabilidad de los números y premios de los bombos de la lotería navideña. Por sus manos pasaban  las bolas que anunciaban todos y cada uno de los premios a los que apostaban con sus números millones de ciudadanos del país.
Aquel año el gordo navideño se hacía esperar. Pasaban las horas y los niños del colegio de San Ildefonso no conseguían extraer el preciado premio. A mediodía algunos agraciados con cuartos, terceros  y segundos e incluso los de la pedrea de consolación descorchaban botellas de champán en despachos de lotería, panaderías, bares y comercios. Los teléfonos móviles no paraban de sonar anunciando a gritos tan buenas noticias. Las entidades bancarías recibían clientes inesperados con la finalidad de darle pingüe beneficio a sus estrenados millones. Inversiones a plazo fijo, proyectos, saldos de deudas, reformas del hogar, coches nuevos y demás sueños vagaban por la mente de los afortunados.
Y mientras, en la sala de actos del edificio de la Lotería el gran premio, el más buscado, el icono de la quimera y la fortuna seguía sin salir. Quedaban pocas, muy pocas bolas en el bombo de la ilusión. Cuando uno de los niños extrajo el último número con derecho a premio el compañero del otro bombo comprobó que allí ya no quedaba ninguna bola por extraer. El sorteo había finalizado sin el gordo. Se originó un gran revuelo en la sala y se anunció por altavoces que ante la situación creada los cinco notarios presentes iban a deliberar sobre los pasos a seguir.
Uno de ellos salió al cabo de media hora para anunciar que el sorteo de ese año quedaba anulado y que después de las investigaciones necesarias se procedería a realizar uno nuevo en fecha a determinar, seguramente por semana santa. La televisión se encargó de dar fe de la noticia en todos los hogares.
Al día siguiente, Moragriega desapareció como por arte de magia.