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jueves, 4 de junio de 2015

Magoo, el mago

 

MAGOO, EL MAGO

(Josep Sebastián)

Ya su nombre artístico obligaba al sarcasmo, teniendo en cuenta que no era fácil dejar de recordar al grotesco personaje que aparecía, tarde tras tarde, en la pantalla de los televisores de los años sesenta.
“Magoo, el mago”. Él mismo se encargó de colocar los carteles en los comercios del barrio dónde se encontraba el teatrillo en el que aquella noche debutaría como profesional de la prestidigitación.
Y la cosa no pudo ser peor. Cartas escogidas por el público que no adivinaba, conejos que en lugar de salir de la chistera corrían por el patio de butacas, pañuelos que no cambiaban de color, palomas que asfixiadas en el bolsillo de su levita escapaban para cagarse en la calva del señor de la segunda fila...
Los murmullos empezaron a oírse en la sala y el público se miró con medias sonrisas de complicidad y asombro. El propietario del teatro buscaba una fórmula para arreglar aquella ruina, cuando Magoo intentó dar un golpe de efecto que hiciera olvidar sus desatinos.
—Disculpen, señoras y señores —dijo—. Todo ha sido fruto de mi poca experiencia ante público tan distinguido. Y dirigiéndose a un señor con gafas de concha que aún reía a carcajadas le invitó a subir al escenario.
—Por supuesto —contestó el hombre—, no me lo perdería por nada del mundo —gritaba mientras subía las escaleras.
Magoo le saludó y le dio las gracias por ayudarle en el último número. Al retirar la mano aún le cayeron unas cuantas cartas de la manga de la camisa.
—Acomódese en esta mesa —le indicó el mago.
Cuando le puso encima la caja y echó los cierres el hombre dejó de reír. Cuando el mago se dirigió a la mesita  donde descansaba el instrumental y volvió con el serrucho en la mano las gafas resbalaron por el sudor.
Meses después, cuando le dijeron en el centro penitenciario si quería algo de lectura, Magoo pidió su colección de libros de magia, en especial los que hacían referencia al gran Houdini.

 

lunes, 29 de diciembre de 2014

El gordo



ALGO GORDO
(Josep Sebastián)
El caso de la Lotería de Navidad.
La normalidad vuelve poco a poco a las calles y hogares
Madrid, 28 de diciembre. Agencia Hache.
“La ola de protestas, suicidios, manifestaciones, asaltos y homicidios que desde el pasado 21 de diciembre asolan el país van remitiendo…”

Miguel Moragriega era un buen estudiante. También destacaba en su afición a la magia de cerca. Desde niño sorprendía con sus habilidades prestidigitadoras en el arte de hacer desaparecer objetos ante la mirada atónita de amigos y familiares. Incluso mientras estudiaba la carrera de leyes se ganaba algún dinero en pequeños locales de copas y espectáculos de variedades.
Al licenciarse en Derecho dedicó cuatro largos años a prepararse oposiciones a notarías, las cuales alcanzó con excelentes calificaciones. Se convirtió profesionalmente en uno de los más prestigiosos notarios del estado, lo que le permitió acceder al equipo que velaba y certificaba la fiabilidad de los números y premios de los bombos de la lotería navideña. Por sus manos pasaban  las bolas que anunciaban todos y cada uno de los premios a los que apostaban con sus números millones de ciudadanos del país.
Aquel año el gordo navideño se hacía esperar. Pasaban las horas y los niños del colegio de San Ildefonso no conseguían extraer el preciado premio. A mediodía algunos agraciados con cuartos, terceros  y segundos e incluso los de la pedrea de consolación descorchaban botellas de champán en despachos de lotería, panaderías, bares y comercios. Los teléfonos móviles no paraban de sonar anunciando a gritos tan buenas noticias. Las entidades bancarías recibían clientes inesperados con la finalidad de darle pingüe beneficio a sus estrenados millones. Inversiones a plazo fijo, proyectos, saldos de deudas, reformas del hogar, coches nuevos y demás sueños vagaban por la mente de los afortunados.
Y mientras, en la sala de actos del edificio de la Lotería el gran premio, el más buscado, el icono de la quimera y la fortuna seguía sin salir. Quedaban pocas, muy pocas bolas en el bombo de la ilusión. Cuando uno de los niños extrajo el último número con derecho a premio el compañero del otro bombo comprobó que allí ya no quedaba ninguna bola por extraer. El sorteo había finalizado sin el gordo. Se originó un gran revuelo en la sala y se anunció por altavoces que ante la situación creada los cinco notarios presentes iban a deliberar sobre los pasos a seguir.
Uno de ellos salió al cabo de media hora para anunciar que el sorteo de ese año quedaba anulado y que después de las investigaciones necesarias se procedería a realizar uno nuevo en fecha a determinar, seguramente por semana santa. La televisión se encargó de dar fe de la noticia en todos los hogares.
Al día siguiente, Moragriega desapareció como por arte de magia.