RATEROS
(Josep Sebastián)
Pasada la medianoche decidieron entrar en
Villa Flora, una casa señorial en la parte alta de la ciudad. La indigencia
comportaba hambre y licitaba el allanamiento de morada y el hurto.
Uno entró por un resquicio de la valla que
rodeaba el jardín y el otro lo hizo trepando por el balcón principal. En cinco
minutos, y de manera sigilosa, andaban por los pasillos de la casa.
Florita, adornada con un collar acabado en
una especie de cascabel de plata, miraba asustada, desde lo alto del enorme
reloj de pie del comedor, como el negro bebía del plato de leche en la cocina
iluminada por la luna. Mientras, el rayado cazaba ratones en el sótano.
Horas más tarde, los tres dormitaban en la
cornisa de un tejado del barrio viejo.
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