martes, 27 de septiembre de 2016

Mentiras piadosas






MENTIRAS PIADOSAS

(Josep Sebastián)

     Barrachina entró tosiendo en la consulta.
     —Dígame la verdad, doctor —dijo con semblante serio.
     El galeno fue piadoso. Le diagnosticó un cáncer de pulmón, pero también le confesó que la esperanza es lo último que se pierde.
     Y ahí sí que le mintió. Lo último que perdió fue la vida.

domingo, 3 de julio de 2016

Desde la sombra

 

 

 

 

Desde la sombra



Inquietante, ocurrente, lúcida y kafkiana. Son algunos de los adjetivos que podrían describir Desde la sombra (Editorial Seix Barral, 208 páginas, 18,50 euros), la última obra del escritor y periodista Juan José Millás.
Pero no se engañen, bajo la apariencia de un relato del género fantástico subyace una historia que aborda sin tapujos problemas netamente contemporáneos, en lo que el propio autor define como su novela “más política”.
“En apariencia está muy alejada de la realidad, parece una novela fantástica, pero quizás sea una de las novelas más políticas que he escrito porque metaforiza mucho la situación del mundo actual en el que en grandes concentraciones uno se siente muy solo, donde hay muchas dificultades para salir adelante o donde cuesta mucho establecer relaciones personales verdaderas”, reflexiona el novelista en conversación con RTVE.es sobre los golpes de realidad en su nuevo texto.
El argumento de Desde la sombra está cargado de simbolismo y es casi surrealista: el protagonista, Damián, un tipo aparentemente inane, pierde su trabajo y se encuentra desorientado en la vida.
En esta sociedad hay muchas dificultades para salir adelante
Paradójicamente, se sentirá útil cuando desembarque escondido en un armario en la casa de una familia, a la que espiará en secreto y sobre la que ejercerá de guardián protector y “fantasma” particular. Un tour de force que esconde una metáfora detrás de otra, con continuos guiños al lector, al que regala frases memorables en las que no falta el humor y cierta desazón.
Damián, un ser “con necesidad brutal de afecto y reconocimiento”, en palabras de Millás, parte de una situación inverosímil-vivir en un armario- pero que acaba fundiendo con la realidad.
El escritor explica que una mujer en Japón habitó durante un mes en el armario del apartamento de un desconocido hasta ser descubierta cuando el dueño colocó cámaras al notar “cosas raras”, como el robo de comida en su hogar.
Una muestra de cómo la realidad rebasa a la ficción en la fértil imaginación de Millás, que relata como el germen del libro le rondaba desde hace treinta años pero hasta el momento no ha cristalizado.

"El armario puede ser una metáfora del subconsciente"

La fascinación por los armarios de Juan José Millás hunde sus raíces en su infancia. Según relata, durante una enfermedad le trasladaron al dormitorio de sus padres donde había “un armario de tres cuerpos” que dio alas a su fantasía por su carácter “casi de ser vivo”.
“Además, cuando yo empecé a escribir hice varios cuentos de armarios, y a mi me gustaba mucho porque son inquietantes, por un lado, es el lugar donde residen los monstruos en la infancia, por otro, es una metáfora del útero materno, del ataúd, puede ser una metáfora del subconsciente, incluso”, rememora el valenciano.
La original idea de la obra se plasma en una estructura que encaja sin aparente esfuerzo y atrapa al lector en esta maraña simbólica, bajo el telón del misterio, y con un sorprendente-por inesperado-giro final.
 Portada del libro
Entre los múltiples temas que entresaca, tampoco elude la influencia de la televisión en la sociedad actual, encarnada en el monólogo interior del protagonista que se imbrica como entrevistas imaginarias en un plató. Un recurso para desgranar el hilo de sus pensamientos de una forma diferente, en palabras del literato.
Con paciencia y curiosidad, el escritor y periodista, que este miércoles se sitúa al otro lado, se enfrenta a la vorágine promocional del libro ante los medios.
Millás, que mira muy fijo a su interlocutor a través de sus grandes gafas de pasta, señala que no establece frontera divisoria entre el novelista y el reportero. Son sus dos mitades.
Ambas labores conllevan la misma “responsabilidad” para el autor de La mujer loca, que afirma que, en el fondo, “todo es escribir”, y él para ambas tareas se emplea con los mismos recursos de estilo.
El maestro de la extrañeza concentrará a partir de ahora sus pensamientos en una obra de teatro. Es su próximo proyecto. Y así se despide, con paso tranquilo, de camino a la próxima entrevista.

viernes, 13 de mayo de 2016

Esperando el tren




ESPERANDO EL TREN

(Josep Sebastián)


Toda una noche esperando el tren, y los Reyes Magos me dejaron una pelota de trapo.
También, esperando el tren, te besé antes de que partieras.
Tres años después, esperando el tren, vi descarrilar el vagón donde ibas tú.
Y aquí estoy, esperando el tren, esperando el momento, esperando saltar.


martes, 19 de abril de 2016

El puente





EL PUENTE

(Josep Sebastián)



      ¿Era necesaria la construcción del puente?
      Cuando me contrataron como directivo en aquella colosal obra de ingeniería ni me lo llegué a preguntar. Recién acabada la carrera de Caminos lo único que me preocupaba era ganar algo de dinero y experiencia profesional.
     Las dos ciudades, las dos culturas, las dos mitades del todo geográfico de aquella inhóspita región del sudeste asiático, se miraban desde las orillas del ancho río que las bañaba.  Los mandatarios se pusieron de acuerdo en que era vital para sus economías unirlas fuera de las barcazas y las motoras que mercaban el  poco negocio existente. Hasta que se descubrió el oro en las profundidades de aquellas aguas turbias y densas.
     La obra se encargó a empresas extranjeras. Aparecieron multitud de arquitectos, ingenieros y directivos del mundo occidental. Yo dirigía un equipo de técnicos que controlaban cálculos de estructuras, mientras que la  mano de obra no cualificada se derivó a las clases más humildes de la población local. Nos instalamos en zonas residenciales a ambos lados del cauce.
     Primero se construyó un pequeño puente provisional para facilitar el traslado de técnicos, obreros y materiales de un lugar a otro. Austero pero robusto, pequeño pero suficiente, el óxido de su forjado hacía más luminoso el acero que se iba incorporando a cientos de metros a su izquierda.
     La obra duró seis años, dos más del plazo estimado. Murieron  más de cuatrocientos obreros a los que no se les exigía medidas de seguridad más allá de las que pudieran parecer del mínimo sentido común. Muchas veces los cadáveres pasaban debajo del pequeño puente mientras un camión transportaba vigas, un autobús  hombres oscuros como aquellas aguas o un todoterreno llevaba algún ingeniero de una punta a otra.
     El día de la inauguración el puente era una fiesta. Desfiles y bandas militares, autoridades, directores de las empresas constructoras, técnicos, jefes de estado, líderes religiosos, y algún civil que había conseguido ese privilegio en base a no se sabe que argucia. Había música, color, y todo olía a vida y progreso.
     Yo vi, desde el pequeño puente, y sentado en uno de los bancos que, cual cenefa, enmarcaban aquella inicial construcción, como los jefes de estado de ambas orillas cortaban la cinta que milimétricamente delimitaba el centro mismo del paseo. Yo vi como, en el momento que la música y los fuegos de artificio anunciaban el inicio de una nueva era de progreso, y la multitud saltaba y gritaba y se abrazaba y reía y lloraba de emoción, desplomarse el hormigón y el acero en tres segundos.
     Mientras el río arrastraba aquella enorme masa bajo el puentecillo, me levanté y quise confundirme entre los hombres y mujeres que iban y venían con telas, pescados y verduras. Seguramente iban calculando cuanto ganarían aquel día con sus mercancías.
     Nos pasamos la vida calculando, pensé.