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miércoles, 17 de febrero de 2016

Pizca de sal


 

 

Pizca de sal


A ver, señora jueza, usted me va a entender… ¿Sabe su señoría el tiempo que se lleva una en la cocina para hacer unos buenos pimientos rellenos?… Para empezar, hay que ir al mercado a escoger los más rojos y hermosos. Hay quien los prefiere verdes, pero a mí me gustan rojos, que salen más dulces… Luego hay que asarlos, con cuidado para que no se cuezan. Quitarles la piel y desvenarlos. En eso ya se fue media mañana.
Hay que conservarlos en un paño húmedo mientras se prepara el relleno. Así que se pone un kilo de carne picada en una cazuela, con su chorro de aceite, cebolla picada, dos ajos enteros, tomate picado, patata en cuadraditos, zanahoria muy pequeñita, un puñado de pasas, tres rodajas de piña en almíbar en trocitos, perejil, apio y un par de chiles o guindillas enteras, sólo para dar gusto.
Esto, señoría, se lleva su hora larga de preparación, y otra más al fuego.
Luego viene la salsa. Porque, claro, una nos los sirve así, sin gracia. Se hace a base de nata espesa y queso curado, con un chorrito de vino blanco y un suspiro de pimienta blanca. Al final, cuando se quita del fuego, hay que agregar las nueces picadas.
Entre rellenar los pimientos, meterlos al horno diez minutos, disponerlos en la fuente para llevar a la mesa, bañarlos con la salsa muy caliente y adornarlos con granos de roja granada, llegó la hora de sentarse a comer, sin un respiro.
Y todo, ¿para qué?… Para que venga el zoquete de mi marido y diga: «A esto le falta una pizca de sal…».
¿Acaso usted no le habría reventado la cabeza con el plato de pimientos?… ¡Vamos!… ¡Y tan a gusto que se queda una!…

 http://alejandradiazortiz.wordpress.com/2013/08/15/indice/
Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012

martes, 31 de marzo de 2015

El plato combinado








EL PLATO COMBINADO

(Josep Sebastián)

De pequeño me gustaba observar las fotos de los platos combinados en el exterior de los bares. Aquellas formas y colores me embriagaban hasta tal punto de creer que la vida se habría de parecer  de alguna manera a la simplicidad que otorgaba cada elemento en su conjunto.
Fui creciendo y siempre que podía me engullía un nº 4 o un nº 7 a medida que iba puliendo mi vida en base a aquellos ingredientes. La frescura de mi juventud  era como la verde lechuga que se retorcía al lado de un tomate rojo abierto y brillante. En el otro costado del plato, mis amigos, todos distintos como patatas fritas, unas doradas, otras blancas, y a su lado un par de croquetas crujientes como el sonido de las ruedas de los trenes en las vías. Trenes que cogí para recorrer medio mundo, por lo que no me parecía mal encontrarme de vez en cuando algún ingrediente exótico en algún plato, como aquel nº 9 que incorporaba chucrut.
Un día me encapriché de uno con un hermoso huevo frito en el centro. En ese mismísimo momento se plantó la que sería mi esposa en el centro de mi vida, y la vi llegar así, con un vestido amarillo y una blancura en sus manos que me atrapó para siempre.  Lo acompañaban un trozo de lomo de dos colores y un pimiento verde reluciente, como mis hijas emergiendo en el festival de la escuela a final de curso.
Han pasado los años y sigo disfrutando de esos platos combinados, aunque sé irremediablemente que su presencia en la mesa  frustra todas las expectativas que se  recrearon en la foto. Los como poco a poco, mezclando los sabores y texturas como si buscara una aleación química que devolviera cada ingrediente a su forma irreal.
Hoy he visto un bar con un cartel y un solo plato. El nº 0. Nunca había visto una foto tan poco llamativa, casi sin color, tan abierta a pasar de largo. Pregunté al camarero si no tenían otros para elegir y me dijo que su especialidad eran los bocadillos. Me indicó otro cartel, y ciertamente, aquello era otra cosa.
La vida siempre da una segunda oportunidad, aunque venga acompañada de atún en aceite rebosando por los lados de la barra de pan.