Era un hombre de ciencia, prestigioso
arqueólogo y aventurero incansable. Tenía una extraña teoría, por la que
después de una pérdida provenía irrefutablemente un hallazgo.
Perdió pronto a su padre pero en el
entierro encontró a la mujer de su vida. Era la camarera de la cafetería del
tanatorio.
Perdió el vuelo 727 a El Cairo un martes
13, pero al día siguiente encontró las ruinas de un templo desconocido de gran
valor arqueológico.
Perdió el tiempo con una joven colega
alemana pero encontró el verdadero sentido de la traición.
Perdió peso y encontró el placer de volver
a escalar montañas.
Solo una vez en su vida, si es que se le
puede llamar así, se truncaron los términos de su razonamiento. Fue en una
expedición por los Andes.
Había intentado
acompañarte en tu viaje de Praga a Nueva York, del puente de San Carlos al de
Brooklyn, encontrarte en el laberinto de calles del zoco de Marrakech y beber
como dos aldeanos en aquel pozo de un pueblo españolde cuyo nombre no puedo acordarme, aunque
quizás fuera en la Mancha. Pero los dados me llevaron hasta aquí.
¿Perdí o te perdí? Cuando
la muerte me devolvió al principio, a la nada, aún tuve tiempo de verte en
aquel estanque con ocas, solitaria pero radiante de un azul cyan que se
confundía con las aguas quietas.Mientras, el rojo característico del embriago se despachaba a gusto en
la posada, y la verde esperanzaba indultos poco probables en prisión.
Había fallecido una tía mía por la mañana, y me informan que la capilla mortuoria estará
dispuesta a partir de las seis de la tarde en el tanatorio este de la ciudad.
Pensé en acercarme al salir de la oficina, y nada más entrar en recepción
compruebo que en la pantalla con la lista de obituarios no figura su apellido,
o al menos el que yo creía que tenía. Miro por el nombre, Josefa, y hay una tal
Josefa García (pienso “igual es esa, y el apellido que yo creía me lo había
inventado”, era una parienta no muy próxima…) en la Sala 3.
Me
dirijo a la capilla en cuestión pero mirando todas por la que pasaba por si
acaso iba errado con el nombre. Voy mirando discretamente a la gente y la gente
a mí, estos no tan discretamente, más bien indagantes. La situación se me hace
cada vez más incómoda, como si estuviera alterando la amable relación de la
muerte con el mundo de los vivos.
Llego
a la capilla número tres y hago un esfuerzo por reconocer a alguien, una cara
atrapada en el pasado, una mueca especial, una voz que abra mis tímpanos a la
memoria de la niñez. Se acerca una señora y me dice si quiero ver al difunto.
Doy
media vuelta y me alejo con cara de circunstancias. Pongo en marcha el coche y
por los altavoces suena “If it is goodbye”. Créanme, no es una escena de un
cortometraje de vanguardia.
Era
yo en todo mi ridículo esplendor.
Hoy
ha sido incinerada Josefa Royo en los crematorios del tanatorio Oeste de la
ciudad.
He
vuelto a los lugares comunes de un tiempo de sombras tan grises como las
portadas de los periódicos de entonces, tan frías como las celdas de las
prisiones.
He
tocado las paredes de un edificio antiguo, en la plazuela entre Sant Jaume y Ferràn,
he buscado el olor que desprendían aquellos muros, olor de derrota, de
persistente anuncio de muerte.
Recuerdo
un hombre enjuto y vencido en un pequeño comedor, una mirada rota, un gesto
estático. He buscado inútilmente el amparo de aquella cafetería cercana donde
pasar el rato delante de un café se convertía en un acto de desafío. Casi sin
hablar, casi sin darnos cuenta del dolor. Nunca se me fue de la memoria el
rostro lineal de aquella joven que se esforzaba en sonreir ante tanta tristeza.
Mirábamos fotos de familia sentados frente a frente en una mesa de aquel bar.
Hoy
hubiera sido tan distinto…
Cuarenta
años después he vuelto a aquella casa a saludar al sr. Puig, bajar luego a la
cafetería Furriol y tomar un café con Merçé, Oriol y Amalia, aunque casi todo ha desaparecido.
Hace muchos años supe que no solo se ejecutaba a los hombres en la horca como
en las películas del lejano oeste en árboles alejados de los poblados. Supe que
también se hacía en el centro de las ciudades y supe también de la existencia
de un vil garrote aquel año que frecuentaba esa casa de la plaza de Sant Miquel
y tomaba cafés con la hermana menor de Salvador.
Por
eso, mientras escribo todo esto cierro cuarenta años con esa permanente sombra
de pena, abro el alma a la vida y abrazo en el recuerdo esa foto de un alegre
Salvador encaramado a una moto y con un habano en la boca.
Esa
foto que transmitía tan alto sentido de la vitalidad fue devorada por la
paradoja del destino en su forma más trágica, amparada en en el juego malabar
de la miseria humana.