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martes, 17 de noviembre de 2015

Teoría científica






TEORIA CIENTIFICA

 (Josep Sebastián)
    

     Era un hombre de ciencia, prestigioso arqueólogo y aventurero incansable. Tenía una extraña teoría, por la que después de una pérdida provenía irrefutablemente un hallazgo.
     Perdió pronto a su padre pero en el entierro encontró a la mujer de su vida. Era la camarera de la cafetería del tanatorio.
     Perdió el vuelo 727 a El Cairo un martes 13, pero al día siguiente encontró las ruinas de un templo desconocido de gran valor arqueológico.
     Perdió el tiempo con una joven colega alemana pero encontró el verdadero sentido de la traición.
     Perdió peso y encontró el placer de volver a escalar montañas.
     Solo una vez en su vida, si es que se le puede llamar así, se truncaron los términos de su razonamiento. Fue en una expedición por los Andes.
     Encontró la muerte y perdió la vida.

domingo, 13 de septiembre de 2015

viernes, 12 de junio de 2015

Juegos reunidos





JUEGOS REUNIDOS

(Josep Sebastián)


Había intentado acompañarte en tu viaje de Praga a Nueva York, del puente de San Carlos al de Brooklyn, encontrarte en el laberinto de calles del zoco de Marrakech y beber como dos aldeanos en aquel pozo de un pueblo español  de cuyo nombre no puedo acordarme, aunque quizás fuera en la Mancha. Pero los dados me llevaron hasta aquí.
¿Perdí o te perdí? Cuando la muerte me devolvió al principio, a la nada, aún tuve tiempo de verte en aquel estanque con ocas, solitaria pero radiante de un azul cyan que se confundía con las aguas quietas.  Mientras, el rojo característico del embriago se despachaba a gusto en la posada, y la verde esperanzaba indultos poco probables en prisión.
Y mi amarillo era ya pálido como un cadáver.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Adios



TANATORIO ESTE…O ESTE
(Josep Sebastián)
Ayer me ocurrió algo insólito.
Había fallecido una tía mía por la mañana, y me informan que la capilla mortuoria estará dispuesta a partir de las seis de la tarde en el tanatorio este de la ciudad. Pensé en acercarme al salir de la oficina, y nada más entrar en recepción compruebo que en la pantalla con la lista de obituarios no figura su apellido, o al menos el que yo creía que tenía. Miro por el nombre, Josefa, y hay una tal Josefa García (pienso “igual es esa, y el apellido que yo creía me lo había inventado”, era una parienta no muy próxima…) en la Sala 3.
Me dirijo a la capilla en cuestión pero mirando todas por la que pasaba por si acaso iba errado con el nombre. Voy mirando discretamente a la gente y la gente a mí, estos no tan discretamente, más bien indagantes. La situación se me hace cada vez más incómoda, como si estuviera alterando la amable relación de la muerte con el mundo de los vivos.
Llego a la capilla número tres y hago un esfuerzo por reconocer a alguien, una cara atrapada en el pasado, una mueca especial, una voz que abra mis tímpanos a la memoria de la niñez. Se acerca una señora y me dice si quiero ver al difunto.
Doy media vuelta y me alejo con cara de circunstancias. Pongo en marcha el coche y por los altavoces suena “If it is goodbye”. Créanme, no es una escena de un cortometraje de vanguardia.
Era yo en todo mi ridículo esplendor.
Hoy ha sido incinerada Josefa Royo en los crematorios del tanatorio Oeste de la ciudad.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Cuarenta años




CUARENTA AÑOS
(Josep Sebastián)
He vuelto a los lugares comunes de un tiempo de sombras tan grises como las portadas de los periódicos de entonces, tan frías como las celdas de las prisiones.
He tocado las paredes de un edificio antiguo, en la plazuela entre Sant Jaume y Ferràn, he buscado el olor que desprendían aquellos muros, olor de derrota, de persistente anuncio de muerte.
Recuerdo un hombre enjuto y vencido en un pequeño comedor, una mirada rota, un gesto estático. He buscado inútilmente el amparo de aquella cafetería cercana donde pasar el rato delante de un café se convertía en un acto de desafío. Casi sin hablar, casi sin darnos cuenta del dolor. Nunca se me fue de la memoria el rostro lineal de aquella joven que se esforzaba en sonreir ante tanta tristeza. Mirábamos fotos de familia sentados frente a frente en una mesa de aquel bar.
Hoy hubiera sido tan distinto…
Cuarenta años después he vuelto a aquella casa a saludar al sr. Puig, bajar luego a la cafetería Furriol y tomar un café con Merçé, Oriol y Amalia, aunque casi todo ha desaparecido. Hace muchos años supe que no solo se ejecutaba a los hombres en la horca como en las películas del lejano oeste en árboles alejados de los poblados. Supe que también se hacía en el centro de las ciudades y supe también de la existencia de un vil garrote aquel año que frecuentaba esa casa de la plaza de Sant Miquel y tomaba cafés con la hermana menor de Salvador.
Por eso, mientras escribo todo esto cierro cuarenta años con esa permanente sombra de pena, abro el alma a la vida y abrazo en el recuerdo esa foto de un alegre Salvador encaramado a una moto y con un habano en la boca.
Esa foto que transmitía tan alto sentido de la vitalidad fue devorada por la paradoja del destino en su forma más trágica, amparada en en el juego malabar de la miseria humana.