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martes, 16 de diciembre de 2014

Dial



DIAL DEL OLVIDO
(Josep Sebastián)
Al mediodía, Jorge cuelga el teléfono lentamente. La llamada un minuto antes de su hermano Alfredo le ha dejado totalmente descolocado teniendo en cuenta que no se dirigían la palabra desde días después de la muerte de su madre diez años atrás.
Jorge piensa en la celeridad de la cita que le ha propuesto su hermano, a las cinco de la tarde en la casa donde vivieron una gran parte de su vida y en la que ahora tiene entendido habita una de sus sobrinas, que entonces era una adolescente. Recuerda la figura altiva y arrogante de Alfredo, que todo y siendo el pequeño de los hermanos siempre buscó posiciones que le dieran un aire de superioridad. Su barba siempre arreglada y aquel abundante pelo rizado que madre acariciaba cada vez que lo tenía delante. Su cara cuadrada, casi atlética, enmarcaba unos ojos vivos y una nariz de perfil griego, ofuscando una boca pequeña y discreta pero por la que salieron aquella tarde de marzo palabras que Jorge, por lo que se estima en lo que vale, no quiere recordar.
Y siempre con la corbata bien apretada al duro cuello de la camisa.
Por un momento viaja a una noche de reyes, cuando aún eran niños. Recuerda el rostro de Alfredo al recoger los regalos recién estrenada la mañana y se pregunta si ahí empezó todo. Luego saca del cajón de su mesita de noche la carta certificada en la que su hermano reclamaba las llaves de una casa que había dejado de ser suya. Lacónica carta como siempre fueron sus conversaciones.
Jorge no ha olvidado ni un rincón de aquella casa, ni cada uno de los cuadros pintados por su padre y que colgaban en todas las estancias. El sillón de orejas en una esquina del comedor con un cenicero de pie al lado y una lámpara de lágrimas encima de la mesa que con sus reflejos irisados creaba una sensación mágica.
A las cinco de la tarde. Quedan apenas cuatro horas durante las cuales no evitará pensar en los motivos de Alfredo para citarle, ni en que forma van a encajar el encuentro. Y por qué no va a ir Carlos, el mediano, pero al que ya ha informado y está tan ofuscado como él.
Decide ir andando. Son apenas veinticinco minutos a paso relajado.
La casa sigue allí, con la fachada restaurada color teja y que aún conserva los agujeros bajo el terrado para anidar palomas. Jorge pulsa el timbre del primero primera, que suena diferente como lo recordaba, como más sofisticado. La puerta, ahora de color caoba, se abre y aparece Nati, ya hecha una mujer, que le invita a pasar sin mediar palabra antes de irse escaleras abajo.
Jorge recorre el pasillo que tantas veces pisó. A la derecha, la puerta de la que fue su habitación tiene una foto grande de Alfredo clavada en el centro. Enfrente y a su izquierda la que compartían Carlos y Alfredo y a continuación el pequeño lavabo. Ya empieza a reconocer la claridad que siempre llegaba del comedor, una amplia sala repleta e cuadros con tres ventanales orientados al este. Al llegar se queda perplejo por la cantidad de espejos colgados en las paredes, todos diferentes en marco y tamaño. En el pasillo también vio tres, recuerda.
Las persianas están a media altura y hay macetas de flores en el alfeizar de las ventanas. Oye un griterío afuera y dirige mecánicamente su mirada a una de ellas, comprobando que no hay nada más tierno que ver salir cientos de niños al mismo tiempo de la escuela.
Todo es Jorge en el lugar, todo refleja su rostro cansado, su gesto serio y su mirada inquietante. Se gira al oir abrirse la puerta de la cocina. Aparece Alfredo con dos tazas de café humeante en una bandeja, que deja encima de la mesita al lado de un sofá de diseño dónde antes hubo el sillón de orejas. Jorge se extraña del detalle del café, teniendo en cuenta que su hermano nunca lo toleró.
En ese momento, Alfredo empieza a descolgar cada uno de los espejos de la sala. Se aprecia que sus movimientos son lentos, su rostro más ovalado y sin ningún rastro de aquella barba bien cuidada. Va en pijama y cojea ligeramente.
Después de apilar los espejos en el rincón opuesto, al lado de la puerta doble del comedor, Alfredo se gira hacia él, mesa su ya escasa cabellera y lo recibe con la mayor de sus sonrisas.
        —Hola, Carlos. ¿Te apetece un té?

jueves, 11 de diciembre de 2014

Crucero



CRUCERO INCIERTO
(Josep Sebastían)
Empezaba a llover y el aroma del mar se mezclaba con el olor característico que tiene la lluvia en la ciudad. Me gusta pasear por los muelles portuarios, contemplar a la gente subiendo y bajando las pasarelas inclinadas de los barcos, hacia cubierta o al reencuentro con un destino muchas veces incierto.
Un instante después de divisar la proa del Karadoujan aguanté la mirada de aquella hermosa mujer que cerraba la cola de pasajeros prestos a iniciar su viaje rumbo a Turquía. El furtivo encanto de ese momento se truncó por el sonido del timbre de su celular.
Con aspecto serio contestó la llamada con la brevedad que se suponen requieren las decisiones trascendentales. Cerró la tapa del teléfono y dudó entre arrojarlo a la papelera más próxima o regalársela a un mozo que faenaba reparando la lona de la pasarela.
Optó por lo segundo.
        —Tenga, buen hombre, es para usted. Solamente habrá de cambiarle la tarjeta de memoria. Yo acabo de hacerlo con la mía hace unos instantes.
La dama se giró y la tuve ante mí.
        —No sabía que las mujeres hermosas hicieran estas cosas —le dije al instante.
        —¿El qué? —contestó—. ¿Coger un barco a Estambul o regalar teléfonos móviles a desconocidos?
        —Enamorarse en un muelle.
        —Confieso que yo tampoco imaginé que los hombres osados hicieran lo mismo. ¿Y sabe una cosa? —prosiguió—, yo no iba a coger ese barco.
        —¿Qué barco? —esgrimí yo.
Por vez primera la vi sonreír.
La dársena parecía un cuadrilátero cuyas esquinas oblicuas anunciaban un combate sin tregua, un dulce intercambio de pasiones, miradas cómplices y sueños compartidos.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Metasía II



METASIA II
 (Josep Sebastián)
Un día desperté con la palabra “metasía” rondándome la cabeza, y como no lograba descifrarla la miré desde dentro mismo de mi sueño.
Descubrí que era oblicua y estaba formada de cristales de colores, de forma que al girarla contra la luz se reproducía como las imágenes simétricas de un caleidoscopio.
Me alejé del mundo y dejé que mis pensamientos vagaran entre sus reflejos. Una estrella me condujo a través de un camino por un peregrinaje sin destino donde encontré al niño que fui y al hombre que ha ido creciendo dentro de aquellas ilusiones ópticas, fragancias alambicadas de un pasado que ha dejado sus huellas en mi alma.
De tal palo tal astilla, pensé. Caminan de nuevo el hombre y el niño, uniendo sus sueños para poder curvar la línea del horizonte.

Metasía: f. Espacio que está más allá de la fantasía. Lugar que solo es posible llegar a través de la fantasía.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Made in China





MADE IN CHINA



(Josep Sebastián)

Los lunes, miércoles y viernes me pongo la ropa al revés, incluido el calzado, anillo, reloj y gafas. Desde hace años me consuela saber que con este pequeño truco consigo imaginar mi vida de manera alternativa, como si una mitad de mi existencia caminara ajena a la de los demás mortales. Soy soltero y trabajo por mi cuenta en un pequeño despacho dónde diseño moda a través de un programa de diseño específico, por tanto no hay esposa ni compañeros de trabajo que puedan molestarse con mi absurda excentricidad.
Uno de mis últimos trabajos ha sido la creación de unos modelos “uniside”, que serían la variante en moda del vestir al conocido “unisex” de las peluquerías. Se trata de prendas que pueden llevarse tanto del derecho como del revés, aunque a mí no me interesan por razones bien obvias. Yo voy tres días a la semana totalmente del revés. El domingo es un día aparte. Me lo pasó en casa con una túnica “uniside” blanca que me da un aspecto entre fantasma y monje zen.
Hoy me ha parecido ver al conductor del autobús que cada día cojo en la calle Brasil con la camisa el revés, pero no le he dado mayor importancia pensando que un descuido lo tiene cualquiera y más en esos oficios que a veces obligan a ponerse de pie cuando el día aún no le ha dado por llegar. Pero más tarde he visto salir de la escuela a un grupo de niños con las batas azules y las rayitas blancas que hacía suponer una posición reversa.
Entonces he mirado el reloj digital en la marquesina de una de las paradas del autobús, a la altura de la travesera de les Corts. Jueves, 4 de mayo. Compruebo que mi reloj está situado en la muñeca derecha y que mi mano no accede al bolsillo del pantalón por el simple motivo que está de vuelta.
No es posible, hoy no tocaba, pensé.
Vuelvo inmediatamente a casa pensando que la humanidad se ha contrariado en masa sin haberme pedido explicaciones o que puede ser debido a mi despiste de la jornada. Revuelvo con nervio el armario de los martes, jueves y sábados y me visto con la naturalidad de quién se sabe cumplidor de su propio protocolo.
Salgo al rellano y empiezo a subir hacia la azotea (vivo en un segundo) y una vez allí me sorprendo de mi propia acción. ¿Cómo puede ser? Tengo que ir hacia la calle, y con grandes esfuerzos me deslizo por un bajante bien sujeto. Ya en tierra me dirijo a tomar el metro pero una vez en el convoy me doy cuenta que la dirección es la opuesta a mi destino. Aturdido y abrumado me bajo en la siguiente parada y al salir al exterior decido tomar un taxi para pasar la responsabilidad de mi destino a alguien ajeno a mis acciones.
      —Diputación esquina Consell de Cent.
El taxista asiente con la cabeza ( o disiente, que ya no me fio de nada ni de nadie) y compruebo que toma la dirección correcta. Respiro por fin y para quitarme la tensión acumulada intento entablar conversación, pero me detengo en el momento que miro el taxímetro. Las cifras van disminuyendo a partir de la bajada de bandera, o a lo mejor en este caso tendríamos que hablar de subida de bandera. Empiezo a notar ese nerviosismo que acontece cuando miras lo rápidos que suben los pasos en las paradas de los semáforos o en los embotellamientos, pero en este caso es la incertidumbre de cómo acabará la increíble mengua que pasa ante mis ojos.
No presté atención en si se desviaba de alguna calle para desgravar un poco más la carrera, pero lo cierto es que al llegar al despacho marcaba (-22,40 euros)
—Si tiene 60 céntimos, le abono los veintitrés euros —me dijo el taxista—.  Y el importe ha sido un poco más alto de lo habitual —añadió— por las obras en la calle Aragón que nos han entretenido un poco.
  Cuando salí del vehículo aún me dijo:
—Perdone, pero lleva el jersey al revés (un Lacoste granate)
Quise contestarle que a mi esposa ya no le hacían efecto los ansiolíticos y que no estaba por la labor de prepararme bien la ropa, pero recordé que era soltero.
—Ya, ya —le contesté—. Cada vez los chinos hacen peores imitaciones.
Antes de entrar en el despacho de mi psicoanalista aún vi desaparecer el vehículo con la luz roja de “libre”.