Os aseguro que nací sin
traer una barra de pan bajo el brazo. Quizás ese fue el estigma que me acompañó
en mi poco venturosa vida.
En
la escuela dejaba copiar a los mismos niños que en el recreorobaban mi bocadillo e impedían que jugara al
fútbol con ellos. Eso sí, en mi mocedad tuve muchas novias, concretamente
siete, aunque de todas se beneficiaron mis correspondientes hermanos, y quién
sabe si más adelante lo hicieron también con mi adorada mitad, a la que colmé
de cariño y me correspondió con ingratitud, reproches y un sangrante divorcio.
En
el ámbito laboral, poco que contar. Me empeñé en abrazar la carrera comercial
porqueimaginaba que un hombre con
corbata y maletín era el paradigma del
éxito social, aunque el comercio era más productivo para mis clientesque para mí. Vendía papel a grandes
editoriales pero era raro el mes que no me colocaran una enciclopedia. La
última, sobre la evolución del tráfico de armas a lo largo de la historia
moderna.
Precisamente
hojeando uno de esos últimos libros, tomé la decisión de hacer el negocio de mi
vida, pero en la operación me pegaron cuatro tiros.
Y
aquí estoy, llamando a las puertas del cielo. Hace rato que insisto, pero no me
abre ni Dios.
Era
aquella una aldea privilegiada. Por las noches el cielo se mostraba
con una oscuridad tan limpia que las estrellas adquirían una
luminosidad fuera de lo común. Los tejados de las casas parecían
pedir con sus chimeneas en alto un suave roce de aquella inmensa
claridad.
Allí
vivía Ramiro, un joven pastor que quiso contar todas aquellas
estrellas aprovechando sus largas estancias con el ganado. En un
pequeño cuaderno las iba anotando al mismo tiempo que les daba sus
particulares nombres:
Una,
dos, tres, cuatro,…
“Primera”,
“Rubia”, “Marioneta”, “Endrina”,…
Pensaba
que desafiando al infinito le permitiría eternizar su vida. En la
aldea le llamaban el contador de estrellas.
Pasaron
los años y seguía en su empeño, hasta que llegó un momento en que
su vista se perdía en aquel cielo tan profundo. Se había hecho
viejo, por lo que decidió reunir cada día a todos los niños de la
aldea para que le ayudaran en su propósito.
Noche
tras noche iban sumando una a una las estrellas con paciencia y
dedicación:
Seis
mil ciento doce, seis mil ciento trece, seis mil ciento catorce,…
“Azarolla”,
“Perla”, “Cristalina”…
Todos
menos Ramiro esperaban ansiosos el momento de contar la última
estrella.
Una
tarde de verano el cielo se volvió rojo como un tizón. El silencio
era tan profundo que se podía escuchar, y el viento se paró de
repente. Aquella noche el anciano no acudió a su cita diaria y
llovió y llovió hasta no poder más. En los márgenes del río se
amontonaban las hojas del cuadernillo de Ramiro:
Diez
mil setenta y ocho, diez mil setenta y nueve,…
“Esmeralda”,
“Saltarina”...
Al
alba, un joven que sacaba a pastar su rebaño vio discurrir río
abajo una bola de luz que encendía la mañana como nunca había
visto. Pensó que aquella era la última estrella.