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lunes, 15 de febrero de 2016

Espérame en el cielo





ESPÉRAME EN EL CIELO

(Josep Sebastián)






       Perdí la vida en un accidente.
     Yo aún era una mujer joven, y la familia autorizó la donación de mis órganos.
      El cirujano era un hombre casado, con hijos y una buena posición social y económica. Pero desde ese día lo estoy esperando.
      Aquel hombre me había robado el corazón.


martes, 24 de marzo de 2015

Casi mejor







CASI MEJOR

(Josep Sebastián)

Os aseguro que nací sin traer una barra de pan bajo el brazo. Quizás ese fue el estigma que me acompañó en mi poco venturosa vida.
En la escuela dejaba copiar a los mismos niños que en el recreo  robaban mi bocadillo e impedían que jugara al fútbol con ellos. Eso sí, en mi mocedad tuve muchas novias, concretamente siete, aunque de todas se beneficiaron mis correspondientes hermanos, y quién sabe si más adelante lo hicieron también con mi adorada mitad, a la que colmé de cariño y me correspondió con ingratitud, reproches y un sangrante divorcio.
En el ámbito laboral, poco que contar. Me empeñé en abrazar la carrera comercial porque  imaginaba que un hombre con corbata y maletín era  el paradigma del éxito social, aunque el comercio era más productivo para mis clientes  que para mí. Vendía papel a grandes editoriales pero era raro el mes que no me colocaran una enciclopedia. La última, sobre la evolución del tráfico de armas a lo largo de la historia moderna.
Precisamente hojeando uno de esos últimos libros, tomé la decisión de hacer el negocio de mi vida, pero en la operación me pegaron cuatro tiros.
Y aquí estoy, llamando a las puertas del cielo. Hace rato que insisto, pero no me abre ni Dios.
Casi mejor.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El contador de estrellas


EL CONTADOR DE ESTRELLAS
(Josep Sebastián)


Era aquella una aldea privilegiada. Por las noches el cielo se mostraba con una oscuridad tan limpia que las estrellas adquirían una luminosidad fuera de lo común. Los tejados de las casas parecían pedir con sus chimeneas en alto un suave roce de aquella inmensa claridad.

Allí vivía Ramiro, un joven pastor que quiso contar todas aquellas estrellas aprovechando sus largas estancias con el ganado. En un pequeño cuaderno las iba anotando al mismo tiempo que les daba sus particulares nombres:

  • Una, dos, tres, cuatro,…
  • Primera”, “Rubia”, “Marioneta”, “Endrina”,…

Pensaba que desafiando al infinito le permitiría eternizar su vida. En la aldea le llamaban el contador de estrellas.

Pasaron los años y seguía en su empeño, hasta que llegó un momento en que su vista se perdía en aquel cielo tan profundo. Se había hecho viejo, por lo que decidió reunir cada día a todos los niños de la aldea para que le ayudaran en su propósito.

Noche tras noche iban sumando una a una las estrellas con paciencia y dedicación:

  • Seis mil ciento doce, seis mil ciento trece, seis mil ciento catorce,…
  • Azarolla”, “Perla”, “Cristalina”…

Todos menos Ramiro esperaban ansiosos el momento de contar la última estrella.

Una tarde de verano el cielo se volvió rojo como un tizón. El silencio era tan profundo que se podía escuchar, y el viento se paró de repente. Aquella noche el anciano no acudió a su cita diaria y llovió y llovió hasta no poder más. En los márgenes del río se amontonaban las hojas del cuadernillo de Ramiro:

  • Diez mil setenta y ocho, diez mil setenta y nueve,…
  • Esmeralda”, “Saltarina”...

Al alba, un joven que sacaba a pastar su rebaño vio discurrir río abajo una bola de luz que encendía la mañana como nunca había visto. Pensó que aquella era la última estrella.

El aire cálido parecía susurrar: “Quizás…”