Una mañana se levantó y fue a buscar al
amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando
volvió, le dijo la madre: “el amigo se murió. Niño, no pienses más en él
y busca otros para jugar”. El niño se sentó en el quicio de la puerta,
con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. “Él volverá”,
pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y
la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo
no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y
el niño no quería entrar a cenar. “Entra, niño, que llega el frío”, dijo
la madre. Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se
fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de
hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del
amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole
toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo
el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y
sed, estiró los brazos, y pensó: “qué tontos y pequeños son esos
juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada”. Lo tiró todo al
pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta,
y le dijo: “cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido”. Y
le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
Hablaba, y hablaba, y hablaba, y
hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una
mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y
hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a
hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba.
¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además
hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si
esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la
boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le
reventaron las palabras por dentro.
Alicia, una profesora de instituto, es una mujer madura que
vive con su hija adolescente y cuida de su padre, enfermo de alzheimer.
Su rutinaria vida esconde un doloroso vacío sentimental que trata de
llenar estableciendo relaciones a través de Internet. Así es como se
pone en contacto con un chico que se enamora de ella. Cuando, por fin,
conoce a un hombre con el que establecer una relación estable, la
fatalidad se cruza en su camino, poniendo en peligro esa última
oportunidad. (FILMAFFINITY)
"El trasfondo de esa historia es hondo, real,
inteligente y respetuosamente feminista, un estilo no muy abundante
(...) Puntuación: ★★★ (sobre 5)."
María Casanova: Cinemanía
"Mejorable, sí, pero, no obstante, tierna
cuando toca, irónica sin hacer sangre, conmovedora a ratos y con un
final que sencillamente no puede ser piadosamente más perfecto."
M. Torreiro: Diario El País
"Un brillante y bien cosido jeroglífico. (...) triángulo de actores primorosos (...) Puntuación: ★★★ (sobre 5)."
Berlín, octubre de 1989. Unos días antes de la caída del
Muro, la madre de Alex, una mujer orgullosa de sus ideas comunistas,
entra en coma. Cuando despierta ocho meses después, su hijo hará lo
posible y lo imposible para que no se entere de que está viviendo en una
Alemania reunificada y capitalista. Su objetivo es convertir el
apartamento familiar en una isla anclada en el pasado, una especie de
museo del socialismo en el que su madre viva cómodamente creyendo que
nada ha cambiado. (FILMAFFINITY)
Premios
2003: Festival de Berlín: Sección oficial de largometrajes, Premio Ángel Azul
2003: Nominada Premios BAFTA: Mejor película de habla no inglesa
Críticas
Ajustada mezcla de comedia y drama para un film
con excelentes críticas que se convirtió en un auténtico fenómeno
sociológico en Alemania.
FILMAFFINITY
"Una película irónica, lúcida, piadosa y divertida."
Carlos Boyero: Diario El Mundo
"Magistral comedia oscura de Wolfgang Becker, cada día más arriba en su escalada hacia la cumbre del cine alemán de ahora."
Ángel Fdez. Santos: Diario El País
Berlín, 1989: un hijo decide ocultar a su madre
que ha caído el Muro mientras ella estaba en coma. Auténtico taquillazo
en Alemania y el resto de Europa, esta historia no es sólo una
entretenida y original comedia, sino también un agridulce retrato de las
renuncias personales que conllevó aquel momento histórico. Ojo: que
nadie espere análisis político ni alta sociología. Se trata tan sólo de
una visión creíble y poco edulcorada de un fragmento de la realidad, que
basa toda su fuerza en una idea brillante, la evolución del
protagonista, las convincentes interpretaciones (excelente Brühl) y un
enorme respeto -que se agradece especialmente- por la visión de aquel
tiempo de los antiguos habitantes de la R.D.A. Muy recomendable.
Os presento un hermoso relato de una joven cántabra con la que compartí premio finalista en un concurso de cuentos cortos infantiles en Santander allá por el 2005. Es una maravilla con un final de lo más poético.
NO ERA TAN RARO
Te voy a estirar las orejas más de siete
leguas... – le decía todos los días, justo después de levantarse y haber tomado
un copioso desayuno, Ramona a su hijo Fabián. Y al mismo tiempo, en un abrir y
cerrar de ojos, colocaba aparatosos artilugios, complicados sistemas de muelles
y gomas elásticas, unas amarillas, algunas rojas y verdes, en las orejas del
chico.
Este no era un niño como los demás. Sí,
era un buen hijo, cariñoso e inmejorable estudiante, juguetón y amante de los
animales, más había algo que le diferenciaba de sus hermanos o amigos, del
lechero o del cartero del pueblo : tenía los pabellones auditivos diminutos, de
apenas cinco centímetros, y completamente pegados al cráneo. No era ésta una
cualidad anormal si no se comparaba con el resto de los habitantes de aquella
pequeña comarca : todos ellos, absolutamente todos, poseían grandes apéndices
de la largura de una barra de pan colgándoles a ambos lados de la cabeza.
Para compensar esta discrepancia de su
anatomía, su madre había probado toda clase de remedios caseros, médicos,
trucos, y hasta brujería : pastillas de ajo y miel, lentejas doradas, carreras
de dos horas alrededor de la mesilla de noche, máquinas estiradoras,
alargadores, prótesis encargadas a los mejores especialistas del momento...
Pero nada, no había manera, las orejas del pobre Fabián no querían crecer.
Seguían chiquitas y extrañas. La última novedad en alargamientos había sido el
compendio de hierros y gomas que llevaba días probando, aunque tampoco había
dado resultado alguno.
- Tengo
una idea – dijo un ya harto Fabián - , me colgaré del tendal por las orejas
durante unos días. Con el peso de mi cuerpo será imposible que no se den de sí
y que al cabo de un tiempo no se vean más grandes. Varios días estuvo el chico
armado de paciencia en el tendal, entre las sábanas de franela que todas las
mañanas, religiosamente, sacaba su madre al sol, rodeado de pájaros que a veces
llegaban a picotearle atrevidos el cogote, a expensas del buen tiempo o de la
lluvia, saludando a la luna todas las noches y contando estrellas hasta la
madrugada, hasta que se le cerraban los ojos de puro cansancio.
Lo peor llegó cuando, acabando el período
de prueba, Fabián decidió ver si su idea había dado resultado. Mandó que le
desengancharan y le trajeran inmediatamente un espejo. Su objetivo no podía
haber sido menos conseguido : sus orejas aparecían ahora incluso más pequeñas,
como encogidas por la lluvia, o por el pellizco de las pinzas que le habían
estado atenazando.
Aún un poco desolado tomó una
determinación: dejaría de intentar que sus orejas se hicieran grandes, dejaría
de querer parecerse a los demás. Al fin y al cabo aquellos días a la intemperie
le habían servido de mucho, habían hecho de él un tipo realmente especial:
había intimado con las lagartijas de rabo largo, conocía de memoria el canto de
algunos pájaros, había logrado robarle su blancura luminosa a la luna, y por si
fuera poco, había masticado trozos helados de arcoiris. Que, por cierto, sabían deliciosos.
Amelie no es una chica como las demás. Ha visto a su pez de
colores deslizarse hacia las alcantarillas municipales, a su madre morir
en la plaza de Nôtre-Dame y a su padre dedicar todo su afecto a un
gnomo de jardín. De repente, a los veintidós años, descubre su objetivo
en la vida: arreglar la vida de los demás. A partir de entonces, inventa
toda clase de estrategias para intervenir en los asuntos de los demás:
su portera, que se pasa los días bebiendo vino de Oporto; Georgette, una
estanquera hipocondríaca, o "el hombre de cristal", un vecino que sólo
ve el mundo a través de la reproducción de un cuadro de Renoir.
(FILMAFFINITY)
Premios
2001: 5 nominaciones al Oscar, incluyendo película de habla no inglesa, guión y fotografía
2001: Nominada al Globo de Oro: Mejor película de habla no inglesa
2001: 2 premios BAFTA: Mejor guión original y diseño de producción. 9 nominaciones