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viernes, 1 de mayo de 2015

Estiramientos




ESTIRAMIENTOS

Josep Sebastián



     El anuncio en la prensa era prometedor: “Aumente el tamaño de su pene. Indoloro, fácil de aplicar. Testado en laboratorio. Bla,bla,bla…” El precio era un poco caro pero pensó, como otros tantos varones,  que no lo suficiente como para no entregarse a  su valiosa efectividad.
     El paquete llegó por correo a las dos semanas. Estaba su mujer en casa y fue la que pagó a contrareembolso sin dudar, pues su marido utilizaba este conducto para hacer compras. Al rato, entraba él  por la puerta.
     —Ha llegado esto por correo, Antonio —le dijo mostrándole una lupa de tamaño considerable—. Ya me dirás qué tiene para ser tan cara.
     —Ah, la lupa —contestó sonrojado y sorprendido—. Es de un material especial, muy precisa para ver con claridad. No te lo dije pero creo que me voy a aficionar a la filatelia  justo ahora que  me he de jubilar.
     Antonio solo compró un par de colecciones de sellos y la lupa le sirvió al menos para leer la letra pequeña de los contratos y anuncios por correo como el suyo, en el que al final indicaba “Por razones de higiene, no se aceptan devoluciones”. Y por las noches, su mujer la deja encima de la mesilla de noche.
 

sábado, 31 de enero de 2015

Tai-Chi



TAI-CHI

( Josep Sebastián)

Últimamente su esposa estaba rara. Primero fueron las clases de yoga, a las que siguieron  el tai-chi y chi-kung. Más adelante retiros de fin de semana para trabajar la meditación zen y ahora se había puesto a estudiar chino. No se le daba nada mal, siempre fue buena para los idiomas. Hacía tres meses que trabajaba a media jornada en una empresa de import-export de productos orientales y creyó conveniente que aparte del inglés, que dominaba, saber lo más básico del idioma mandarín le ayudaría en su carrera profesional.
A ese giro étnico en su vida le acompañó unas cuantas visitas a un centro de estética donde cuidaron que su pelo fuera de lo más lacio, las cejas bien perfiladas e incluso, dado que ahora las cremas hacen milagros, lograr que sus ojos parecieran rasgados. La pasión por la cultura oriental llegó a desorientar a su marido, pues ella siempre había tenido un temperamento digamos que latino.
Aquel día Daniel salió pronto de casa para ir a la oficina. Al llegar al coche vio que había una tarjeta en el limpiaparabrisas. Era uno de esos reclamos de prostitución en algún apartamento próximo al barrio en que se encontraba. La foto de la muchacha en picardía haciendo ostentación de unos pechos generosos le excitó. Los rasgos orientales aún le daban más morbo a la situación.
Masaje oriental. En local y a domicilio. Un teléfono móvil y un mapa de la ubicación del apartamento bastaban para hacerse una idea de que era fácil la tentación.
        —No es momento de caer en los bajos instintos —pensó.
Como no vio papelera a la vista y su civismo pasaba por no tirar ni las colillas del Marlboro que fumaba al suelo, optó por meter la tarjeta en el bolsillo de la americana esperando la ocasión de deshacerse de ella. Arrancó el coche y se olvidó de la señorita mientras escuchaba las noticias en la radio.
Al poner la chaqueta en el colgador del despacho pensó en las últimas obsesiones de Ana, y en ese momento se acordó de la tarjeta. No dejaba de ser casual que se hubieran conjuntado las rarezas orientales de su esposa con la oferta carnal de la muchacha asiática.
¡Y tan casual que lo era! Al ir a tirar la tarjeta a la papelera se dio cuenta que el móvil impreso le sonaba de algo. Tantos cincos y sietes le provocaron una angustia cercana al aturdimiento, hasta llegar a un  sudor frío y una flojera general del cuerpo cuando lo releyó tres veces.
        —¿Le ocurre algo, Sr. Pérez? —le preguntó la secretaria.
        —No, Silvia, no es nada. Un ligero mareo —contestó.
Cuando se hubo recuperado pensó en su amigo Barrachina para aclarar las cosas. Solo un amigo de tal confianza podría ayudarle en el escabroso asunto en el que estaba metido.
Quedó con él en una cafetería a la salida del trabajo.
        —Sí, Barrachina. Es el teléfono de Ana. Compruébalo, tú también lo tienes registrado.
        —Es cierto, Daniel —confirmó su amigo. ¿Qué quieres que haga?. Si llamo, contestará como siempre, “Hola, Tony. Como estáis?” —esgrimió Barrachina.
        —No, no. Esta vez llamarás con número desconocido, y concretarás una sesión en el local de masajes —le pidió su amigo.

Al día siguiente Barrachina reservó hora para esa misma tarde. En el poco rato que recuerda haber estado en venérea situación no vio en ningún momento rastro de Ana ni quién pudiera parecerse. Dos horas después de haber traspasado la puerta de “El loto azul” se encontró medio adormilado en un banco del parque del oeste.
        —¡Aquél whisky! pensó.
La cartera ya no estaba en el bolsillo de su americana.
Intentó volver al local pero entendió que no estaba en situación de quejarse. Además, le dirían que podrían habérsela robado en cualquier otro lugar en apariencia menos inmoral.
A la semana siguiente Barrachina informó a su amigo del resultado de su desgraciada y tan improductiva visita al lupanar. Sentados en la terraza del bar con un par de whiskys de por medio, Daniel se disculpó.
        —Perdona, amigo. Cuando te dejé el otro día recordé que Ana me había comentado que su móvil no iba bien y que había contratado otra línea. Y no queriendo privarte —prosiguió con una sonrisa— de un relajante masaje dejé que el plan continuara. Por supuesto, —añadió Daniel— el importe corre de mi cuenta.
        —¿Y mi cartera, Dani? —se quejó Barrachina. ¡Ni mi mujer sabe aún que la he perdido, y he visto cargos en mi cuenta de cierto valor a la hora siguiente de mi paso por el maldito burdel!
        —Eso no es cosa mía, Barrachina. Te la podrían haber robado en el metro por ejemplo.
Pagó los whiskis y se despidió con una reverencia.
Al cabo de un año Barrachina recibió una llamada de su exmujer en la que le preguntaba si iba a acudir a la inauguración de la nueva casa de Daniel y Ana, en una urbanización de cierto lujo a las afueras de la ciudad. Ellas eran buenas amigas y últimamente habían hecho un viaje a China.
Aunque no le hacía la menor gracia acudir se presentó el día de la fiesta. Un buffet de comida oriental daba colorido a una esquina del enorme jardín que rodeaba una piscina en la que flotaban nenúfares y flores de loto.
        —Gracias por venir, Barrachina —le dijo Daniel con un abrazo.
        —Disculpa, Daniel. He de hacer una llamada.
Se retiró un momento y marcó el número en su móvil.
En una mesa cercana vibraba un teléfono haciendo bailar la tempura y los rollitos de primavera.

jueves, 29 de enero de 2015

618913083

618913083
(Josep Sebastián)


Me encontré una tarjeta en el limpiaparabrisas del coche con la imagen de una joven oriental en picardías, un teléfono móvil apuntado y un breve “masaje relajante” en letras rojas.
Entré en una cafetería, pedí un whisky doble y lo compartí con mi perplejidad.
Dudé unos segundos pero pudo más mi curiosidad. Marqué tembloroso el número de la tarjeta.
—Hola, querido. ¿Ya saliste del despacho?
— Sí, mi amor. Estoy llegando a casa.
Crucé la calle sin mirar y un coche me golpeó dejándome medio inconsciente. Mostré la tarjeta:
—Marquen este número, por favor.
Oí que alguien se alejaba gritando “¡deje de beber, hombre!”

lunes, 1 de diciembre de 2014

U V E




U V E
(Josep Sebastián)

        —¿Está todo bien? —le preguntó con sorpresa cuando la encontró en el garaje.
La mujer asintió y lo recibió con los ojos llorosos, aunque toda ella destilaba ese aurea especial que dota de inviolable seguridad a aquellas mujeres que han tomado una decisión y no están dispuestas a dar un paso atrás.
—No digas nada —le respondió con un susurro—. He decidido amarte solo por hoy y en silencio —agregó— , como no queriendo dejar escapar la magia de un instante etéreo.
En mutis y aún asombrado, él se percató de la entrega desesperada e inocente, del deseo oculto y reprimido, sinuoso y extremo de aquella mujer que, hasta hoy, había decidido callar la voz mientras su cuerpo ardía en desesperado anhelo.
Sí, sorpresivamente, la mujer siempre taciturna, tímida y controlada se tornó valiente y atrevida, y como tal le apretujó en su cuerpo y después de asirse y desasirse como quien siente alivio por haber encontrado lo que buscaba por milenarias vidas, tropezó en su boca con un beso húmedo y el alma temblando.
En respuesta, cambio de escenario. El comenzó por besar su largo cuello, subiendo poco a poco hasta que su lengua dio con esos misteriosos pliegues que lo unen con el cartílago de la oreja, donde le plantó un suave y cálido beso que la hizo estremecer de pies a cabeza. Siguió entonces con su nariz y sus labios, la geografía de su suave mandíbula, gozando de su piel blanda con un andar seguro y un devenir lento, hasta que de nuevo llegó a su boca y bebió de ella como para saciar su ardorosa sed. Pronto se encontró en sus finas y femeninas clavículas coronadas por una gargantilla de plata, y dándose tiempo para mirarla a los ojos regresó al punto y poco a poco volvió a besarla de nuevo, cada vez más abajo, desabotonando su blusa lentamente y observando las reacciones que su cuerpo le iba mostrando: un poco de sudor, la respiración más acelerada, los senos llenándose de sangre y deseo, los ojos entreabiertos y algún que otro gemido de descontrolado placer.
Pronto pudo acariciar sus pechos redondos y pequeños, y percibió esa tierna temperatura que solo conocen los que han palpado un seno sensible y natural, con el peso ideal que hace que se escurra entre los dedos. En respuesta, ella, desnuda de cuerpo y alma, se sienta en el borde del asiento mientras él saborea la suavidad de esa piel que siempre se encuentra oculta bajo la forma exponencial de cada busto, y en reflejo gustoso, la mujer arquea la espalda encarando sus pezones hacia el techo que se blande sobre ellos.
Acto seguido, segura de lo que pretende y no queriendo ser atrapada, como diciendo en silencio —vamos, no más juegos—, abre las piernas y las eleva un poco, tan solo lo que le permiten las puntas de sus pies pequeños, como si en ello levantara su sensibilidad y se preparara para absorber todo el cielo en un solo punto, creando con ellas una V de victoria, de irse del mundo y venirse de vuelta, V de voz y de vos, de virtud de piel, V de vértice perfecto que invita a entrar en el cuerpo, a fundirse en un instante, embistiendo lenta y poderosamente el signo del amor humano.