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miércoles, 18 de marzo de 2015

La tregua



LA TREGUA
Mario Benedetti

Maravillosa novela del escritor uruguayo Benedetti, en la que nos cuenta la amarga relación amorosa entre Martín Santomé, un triste cincuentón, viudo y con tres hijos y la joven veinteañera Laura Avellaneda.
"La Tregua" es un relato agridulce narrado en forma de diario, en el cual se sublima con belleza y sensibilidad los pequeños y especiales momentos de felicidad e ilusión, incrustados en una existencia gris, frustrada y rutinaria.
Leamos un breve fragmento:


Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condición de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo.
Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio?. Yo me digo que no. Que no es el ocio lo que preciso, sino el derecho a trabajar en aquello que quiero. ¿Por ejemplo? el jardín, quizá. Es bueno como descanso activo para los domingos para contrarrestar la vida sedentaria y trambién como secreta defensa contra mi futura y garantizada artritis. Pero me temo que no podría aguantarlo diariamente.
La guitarra, tal vez, creo que me gustaría. Pero debe ser algo desolador empezar a estudiar solfeo a los cuarenta años. ¿Escribir?. Quizá no lo hiciera mal, por lo menos la gente suele disfrutar con mis cartas. ¿Y eso qué?. Imagino una notita bibliográfica sobre "los atendibles valores de este novel autor que roza la cincuentena" y la mera posibilidad me causa repugnancia....................................

lunes, 16 de febrero de 2015

Los bomberos

LOS BOMBEROS

Mario Benedetti


Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”.
Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando”. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.