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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Disco de la semana (50) : Living in the material world - George Harrison


Aunque fue parte del grupo más popular del universo, The Beatles, regularmente se le ignora (pregúntenle a alguien el nombre de los cuatro y siempre se olvidan de mencionar a George). Nosotros no lo olvidamos.

Quizás este hecho se deba a que George siempre estuvo más cómodo fuera de las cámaras y reflectores, cosa que en repetidas ocasiones declaró que lo estresaba y, junto a las miles de fans gritonas, se llevaron buena parte de su sistema nervioso. El mal llamado “Beatle callado”, no era tal cosa, simplemente prefería alejarse de las tonterías y hacerse a un lado para que Paul y John pudieran dar rienda suelta a sus enormes egos tanto en el escenario como en los estudios de grabación.
Es sabido que en muchas ocasiones George le cedió la guitarra a Paul, no porque no pudiera con la labor, sino por evitarse discutir por tonterías. Lennon y McCartney jamás hicieron el mínimo intento por componer con él, constantemente lo ignoraban y esto hizo que el músico se fuera retrayendo al paso de los años. Irónicamente Harrison se negaba a ser empleado de la banda, papel que casi habían dado por sentado sus compañeros hasta que al final de su carrera, luego de 10 años juntos, (¡por fin!) lo comenzaron a considerar a su nivel.
Estos y otros datos quizás les den una nueva perspectiva sobre George Harrison.

El electricista

c
El joven George se pasaba horas dibujando guitarras mientras tomaba clase de electricidad, el oficio que su padre esperaba lo ayudara a conformar un negocio con sus hermanos quienes eran un mecánico y un jardinero. Afortunadamente Paul McCartney lo reclutó para unirse a los Quarrymen, banda de John Lennon y con ello conformó el destino de los Beatles.

Instrumentista

sitar
Aunque el instrumento primordial de George era la guitarra, también tocaba muchos otros instrumentos como el sitar, bajo, ukelele, mandolina, violín, tambura, dobro, el swarmandal (un arpa hindú), la tabla, órgano, piano, el sintetizador Moog, la harmonica, el autoharp, el glockenspiel, el vibrafono, xilófono, claves, congas y el Jal-Tarang (un instrumento hindú compuesto por tazones de cerámica o metal con diferentes afinaciones).

El solitario

wonderwall
George fue el primero de los Beatles en lanzar un disco solista, mucho antes de la disolución de la banda. Fue el soundtrack de un extraña película llamada Wonderwall. Aunque McCartney antes ya había hecho el score para The Family Way, no toca ningún instrumento en él.

Caballero

clapton
Harrison era un caballero de esos que ya no hay. A pesar de que su esposa Patti Boyd estuvo teniendo una aventura con su mejor amigo, Eric Clapton y que sí se enfureció al recibir la noticia, George optó por no interponerse ante lo inevitable y se divorció de ella para que Eric pudiera casarse con ella. Lo que es más, todavía asistió a la boda y tocó con Paul y Ringo en ella (John estaba de vacaciones y no pudo ir). Cuando le preguntaban cómo se sentía al respecto decía “prefiero que ella esté con él que con cualquier estúpido”.

El colaborador

inspite
A pesar de que George tuvo que componer por su cuenta siempre, al principio de la carrera de los Beatles, las dos primeras canciones originales de la banda fueron colaboraciones con el joven Harrison: “In Spite of All the Danger” en colaboración con Paul y posteriormente “Cry For A Shadow” en contribución con John.

El fan

harrison
Tal era el fanatismo que sentía por Chet Atkins que Harrison decidió que su guitarra de batalla sería la Gretsch Country Gentleman. Igualmente adoraba a Carl Perkins y durante la famosa gira por Escocia donde se cambiaron los nombres, George se convertiría en Carl Harrison.

El “desquinte”

george17
La primera vez que el joven guitarrista tuvo relaciones sexuales fue a los 17 años en Hamburgo con una prostituta, en aquellos días en que los Beatles tocaban incesantemente en los bares de la localidad. Cuando Harrison hubo terminado, John, Paul y Pete Best le aplaudieron vigorosamente. George no se había percatado de que estaban en el cuarto.

Amigo verde

georgegarden
A los 22 años, antes de que fuera moda, Harrison se hizo vegetariano hasta el fin de sus días. No permitía que hubiera ningún tipo de carne o pescado en su casa. Además una de sus más grandes alegrías era la jardinería. Alguna vez declaró haber sembrado alrededor de 10 mil árboles en todas sus propiedades durante su existencia. Ni hablar que muchas veces fue arrestado por posesión de grandes cantidades de marihuana.

El gruñón

angry
La primera canción que compuso por su cuenta y que apareció en un álbum de los Beatles, fue
“Don’t Bother Me” (“No Me Molestes”), la cual venía a ser totalmente lo opuesto a las complacientes canciones de Paul y John con las fans. Estando enfermo de gripa y fiebre Harrison compuso la canción de malas pues no quería ver a nadie ni ser molestado, aunque después adaptó la letra a un contexto “romántico” para no desentonar con ellos. Igualmente se quejó amargamente por el hecho de no tener más de sus canciones en los discos de la banda en el tema “Only A Northern Song” contemplada para el álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, criticando a Paul y John y su compañía editora de canciones Northern Songs. Por supuesto, la canción fue excluida del álbum y apareció muchos años después como parte del soundtrack de la película Yellow Submarine.

martes, 10 de febrero de 2015

Cosas del karma




COSAS DEL KARMA

(Josep Sebastián)

Conocí a Ana en un viaje por la India. Yo atravesaba un momento en que sentía una inquietud espiritual que me llevaba a los mundos de Buda, y planifiqué el viaje en solitario para no distraerme de mi verdadero objetivo: el amor, la devoción y la entrega. Ella por el contrario, si es que se le puede poner ese adverbio a su costoso peregrinaje por las ciudades santas de Bradinath y Benarés, era una forma de gastar su paga extra por su trabajo en una gran compañía multinacional. Viajaba con la seguridad que goza un occidental entre la penuria de un país que para ella era un festival de color y de bondad.

Pero congeniamos. Ana iba acompañada de un hombre por el cual nunca le vi mostrar un gran afecto más que del formal en unas condiciones vitales que nunca son del todo gratas. Estaban, aun teniendo en cuenta los buenos hoteles y restaurantes que frecuentaban (yo no, había contactado con gente humilde que me cedía una habitación a un precio módico), en un territorio y una cultura situada prácticamente en las antípodas de nuestra ciudad, Barcelona.

Coincidimos paseando por una calle de Nueva Delhi y se me hizo tan familiar el “Hemos de volver al hotel, Juan” que me giré y les dije “Os acompaño, amigos”. La sorpresa y las risas se convirtieron poco a poco en una conversación con la que nos hicimos una idea de nuestras biografías. La de Ana y la mía. Juan parecía ajeno y solamente miraba por la ventana del taxi y se limpiaba de vez en cuando los pantalones caquis de algodón. También abría y cerraba los múltiples bolsillos de un chaleco que más parecía de un reportero gráfico que de un viajero. Mi aparición creo que no le hizo mucha gracia.

Cenamos en el hotel e intercambiamos nuestros números de teléfono con la intención de quedar en Barcelona y mirar las fotos del viaje. Ana insistió en que me apuntara con ellos a una excursión que el día siguiente se había organizado para visitar un templo budista de renombrada fama. Después de la visita me despedí de ellos. Fue la última vez que la vi.

Al cabo de dos meses, ya en Barcelona, me llamó por teléfono. Había montado un álbum con un amplio reportaje fotográfico del viaje asiático y quería enseñármelo. Me citó a media tarde en una cafetería céntrica.
Cuando llegué Ana ya estaba sentada en la terraza exterior. Me extrañó que fumara cuando nunca le había visto coger un cigarro, y su brillante  y largo pelo rubio se había convertido en un azabache al estilo garçon parisino. Al lado de la taza de café había un libro, de Saramago creo. Se alegró mucho de verme y me fue enseñando con todo detalle la secuencia fotográfica día a día, templo a templo, calle a calle… Le felicité por el trabajo y reconoció que prácticamente todas las fotos las había hecho su acompañante, del cual no pregunté nada ni ella me lo volvió a citar en toda la tarde.
Al despedirnos me dejó el libro para que cuando quisiera se lo devolviera, como una excusa para volver a compartir una velada agradable como la de esa tarde. Acepté y quedamos en que ya la llamaría.

Si les dijera que cuando nos dimos un abrazo llegué a pensar que aquella mujer no era Ana les mentiría. Sin embargo había algo que me hacía pensar en una transformación que dada mis últimas inclinaciones místicas pudiera parecer kármica. Con el tiempo se me borró aquella impresión por el simple motivo que no volvimos a coincidir.

Pero hoy acabé el libro y la llamé. Quedamos en la misma cafetería a las cinco de la tarde, como la otra vez. Esta vez fui yo quién llegué temprano. Esperé cinco, diez minutos y no aparecía. Pedí unas patatas fritas y una cerveza. Al rato una paloma se acercó y comió de las migajas que habían caído al suelo. Media hora y Ana seguía sin dar señales de vida.
Le llamé al móvil y no contestaba. Un perro callejero se acercó a la mesa al aroma de las patatas estilo mediterráneo, pero al acercarse no le gustó el ligero toque de vinagre. Aun así siguió por allí hasta que le hice un gesto con el libro para que marchara. Lo conseguí no sin antes arrebatarme la novela de Eduardo Mendoza con la que le increpé. Salió huyendo y no lo vi más.
Después de una hora de espera decidí marchar. Ni Ana recuperó su libro ni yo recuperé a Ana.

Un año después me encontré con su acompañante de chaleco de reportero por casualidad, detrás de la cola del supermercado de unos grandes almacenes. Él se quiso hacer el esquivo pero yo le abordé y me interesé por su vida. Me confesó que se había casado con Ana y tenían un par de gemelos. Creo que se refirió a ellos como sus cachorros.
Al salir vi cómo se alejaba y una paloma se cagaba en su gorra.
Cosas del karma, pensé.