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lunes, 13 de julio de 2015

Disco de la semana (29) : La mandrágora (Krahe, Sabina, Pérez) y Valle de lágrimas (Javier Krahe)

La historia de La Mandrágora en clave arqueológica

  •  Enrique Cavestany cuenta los secretos del mítico bar madrileño
  • Valle De Lagrimas Javier Krahe
    Valle de lágrimas


    UNA CUEVA DILUVIAL EN LA CAVA BAJA. BREVE HISTORIA DE UN SOTANILLO DE TRANSICION MADRILEÑO
    AUTOR: Enrique Cavestany
    EDITORIAL: Fundación Enrius
    Por La Mandrágora de Madrid pasaron cantautores de la talla de Joaquín Sabina y Javier Krahe, además de magos como Tamariz. En la corta historia de este bar madrileño, de 1978 a 1982, La Mandrágora sirvió de plataforma de despegue para numerosos artistas. El dueño de este mítico bar, Enrique Cavestany, recoge ahora su historia en el libro Una cueva diluvial en la cava baja. Breve historia de un sotanillo del periodo de transición madrileño , donde, en clave de exposición arqueológica el lector se encuentra con hallazgos como "la presencia de cantores y chantres responsables de la entonación".
    A Sabina y a Krahe les pagaban 3.000 pesetas, a repartir a medias. El éxito vino después, de forma inesperada. "Monté un bar para hacer cosas y hacíamos historia sin saberlo", asegura Cavestany. "No queríamos hacer negocio y el problema es que no supimos hacer negocio".
    En él proyectaron sus primeros trabajos directores como Pedro Almodóvar, paradigma, junto con Alaska, de lo que se ha calificado como la movida madrileña. "La movida tenía varias cabezas, no sólo a Alaska o Almodóvar --indica-- había un sector que era mayor, había viajado y admiraba a Brassens".
    Y de este grupo de personas se nutría la animada vida de La Mandrágora. Una vez a la semana actuaban Sabina y Krahe, y también había espectáculos de magia, montajes eróticos, recitales de poesía. Sánchez Dragó presentó allí su libro Gárgoris y Hábidis y Rosa Montero recitó poetas disparatados. Al su escenarios también se subió Camilo José Cela con el romance de Gumersinda Cosculluela bajo el brazo o Joaquín Carbonell, el único aragonés, que grabó en sus instalaciones un disco pirata.
    Pero el rotundo éxito de La Mandrágora llegó a la vez que el de Joaquín Sabina. García Tolano los invitó a un programa de la televisión y el bar comenzó a hacerse famoso.

    JAVIER KRAHE : 1944 - 2015

    Muere Javier Krahe

    El cantautor madrileño fallece a los 71 años en su casa de Zahara de los Atunes

     

    Woody-allen-pic  No creo en una vida más allá, pero, por si acaso, me he cambiado de ropa interior.
    Woody Allen
     
     

     



    Javier Krahe, en una imagen de archivo.
      A buen seguro que disfrutaría con la ironía: sus últimas palabras ante el público fueron “y yo con mi corona hice el gilipollas…”. Javier Krahe ofreció su último concierto el pasado 28 de junio en una pequeña localidad coruñesa, Boiro, en A Pousada Das Ánimas, un local al que acudía a actuar puntualmente desde hace casi 20 años. Se despidió con uno de sus iconos, Marieta, con ese gilipollas que intenta enamorar a la bella protagonista. Nunca existió un cantautor tan lejos de la definición de gilipollas. En ese último concierto, anunció que se retiraba temporalmente para tomarse un año “selvático” y trabajar en nuevas canciones. Desgraciadamente, Krahe ha fallecido esta madrugada en su casa de Zahara de los Atunes (Cádiz), a los 71 años, a causa de un infarto. Su amigo Pablo Carbonell fue el primero en anunciar en Twitter el deceso: “No digáis se nos fue el mejor de todos, malogrose el cumplido cantautor, era bueno, tenía suaves modos...’. D.E.P Javier Krahe. Gracias”. Quizá el propio Krahe también valorase la paradoja de que su muerte cope los comentarios de las redes sociales, él que escribía sus canciones en cuadernos y libretas, lejos del teclado de un ordenador.

      Krahe nació en Madrid en 1944 y, contra lo que pueda parecer por su posterior actitud vital y artística, se crió en el barrio de Salamanca y fue alumno del colegio del Pilar. Siempre se sintió madrileño hasta la médula: “Yo me identifico con Madrid. Viviría en cualquier barrio. Todo es Madrid. Mi mujer decía, cuando estábamos en Prosperidad, que quería irse más al centro, con nuestra hija. ¿El centro? Pero si esto es el centro”, afirmaba en una reciente entrevista en EL PAÍS.
      Lo contemplan 35 años de carrera y 15 discos en los que desgranó canciones ya legendarias, desde su primer álbum Valle de lágrimas, publicado en 1980, en el que ya incluía algunos de sus temas más emblemáticos, como Villatripas, Don Andrés Octogenario, San Cucufato y Marieta. Dueño de un estilo personalísimo, Krahe sabía llenar sus canciones de referencias cultas para combinarlas con su arma principal: la ironía. Su canción Como Ulises (¡La Odisea resumida en una canción), incluida en su disco Cábalas y cicatrices, de 2002, aún se utiliza en muchos institutos como introducción para estudiar la obra de Homero. Krahe era un apasionado de la poesía, lo que se traducía en un excepcional talento para jugar en sus canciones con la métrica y la rima. Sus poetas eran “el Siglo de Oro, el 27, los de los 50 como Ángel González o Gil de Biedma…”, pero cuando se le preguntaba por su relación con la chanson francesa, respondía inevitablemente: “Soy brasseniano”.
      Nunca existió un cantautor tan veraz, tan cercano y, por descontado, tan iconoclasta (¿Qué artista sería capaz hoy de titular una de sus canciones No todo va a ser follar, salvo Javier Krahe). Fue precisamente su singularidad, su capacidad para no encajar en ninguna etiqueta lo que propició su primer asalto a la popularidad, a raíz del disco La Mandrágora, grabado en directo y editado en 1981 junto a Joaquín Sabina y Alberto Pérez, que recogía las actuaciones del trío en el sótano del bar madrileño del mismo nombre, situado en el barrio de La Latina en Madrid. Sin embargo, La Mandrágora no duraría demasiado: “Fue con Tierno cuando cerraron La Mandrágora. Por orden municipal. Porque hacíamos ruido. ¡Y estábamos en el sótano!” . Krahe siempre gustó de presentarse ante sus seguidores en pequeños formatos, en salas reducidas, lejos de los aspavientos y las alharacas, como el legendario Café Central, en Madrid, o en la también madrileña sala Galileo.

      Discografía

      • 'Valle de lágrimas' (1980).'La mandrágora' (con J. Sabina y A. Pérez) (1981).
      • 'Aparejo de fortuna' (1984).
      • 'Corral de cuernos' (1985).
      • 'Haz lo que quieras' (1987).
      • 'Elígeme' (en vivo) (1988).
      • 'Sacrificio de dama' (1993).
      • 'Versos de tornillo' (1997).
      • 'Dolor de garganta' (1999).
      • 'Cábalas y cicatrices' (en vivo) (2002).
      • '...Y todo es vanidad (Homenaje a Javier Krahe)' (2004).
      • 'Cinturón negro de karaoke' (2006).
      • 'Querencias y extravíos' (en vivo) (2007).
      • 'Toser y cantar' (2010).Las diez de últimas' (2013).
      • 'En el Café Central de Madrid' (CD + DVD en vivo) (2014).
      Su insobornabilidad lo llevó también a vivir uno de los momentos más tristes de su carrera, cuando se convirtió en el primer artista de la democracia en ser censurado. En el año 1986, TVE emitió un concierto de Joaquín Sabina en directo, en el que colaboraba el propio Krahe. Su canción Cuervo ingenuo, que criticaba a Felipe González, entonces presidente del Gobierno, no fue emitida: los televisores fundieron a negro. No le gustaba demasiado a Krahe recordar el episodio, como tampoco hablar del momento en que fue denunciado, en 2004, por un vídeo en el que se daba la receta para cocinar un Cristo al horno. En 2012, Krahe fue absuelto de un delito contra los sentimientos religiosos por el juzgado de lo Penal número 8 de Madrid: “Ha sido un incordio. Aunque en estos ocho años habré pensado en este asunto una docena de veces, la mitad en los últimos tres meses”.
      Entre la publicación de sus 15 discos, Krahe también encontró tiempo para fundar un sello discográfico independiente, 18 Chulos, junto con El Gran Wyoming, Pepín Tre, Santiago Segura, Pablo Carbonell y Faemino. A pesar de su drástica afirmación: “Me gusta no hacer nada. Tengo una enorme capacidad para ello”, Krahe trabajó mucho y trabajó bien. Sus conciertos suponían viajes emocionales de primer nivel, además de un torrente de diversión. Las letras de Krahe, tan burlonas como elaboradas, han acompañado la memoria musical de varias generaciones. Y sus seguidores, quizá minoritarios, pero siempre entregados, fidelísimos, capaces de viajar por España para seguir sus actuaciones, también encontraban en el artista un referente vital. Un cantautor comprometido que nunca estuvo en venta. Que disparó contra todo y contra todos (“En una canción se puede jugar con todo, menos con las desgracias físicas”), que exudaba vitalidad, rebeldía e iconoclastia. También generoso. Lo saben bien músicos como Andreas Prittwitz, Fernando Anguita o Javier López de Guereña, a quienes permaneció fiel durante casi toda su carrera. No será desmesurado afirmar que, para los madrileños, existen dos iconos de eso que en los ochenta se llamó “lo auténtico”: Javier Krahe y Rosendo.
      A finales de 2014 llegó su último trabajo, un disco grabado en 2013 en el Café Central de Madrid. Javier Krahe ya disponía de nuevos versos, de nuevas ideas para canciones (“Siempre escribo las canciones a partir de una frase que me ha venido a la cabeza, o que he oído decir o que he leído. Cojo esa frase y empiezo a especular con ella”). Canciones que se han marchado con el artista. Y no se trata de un burdo rumor, desgraciadamente. Pero sus seguidores no deben abandonarse a la tristeza. Lo afirmaba el propio cantautor, que lanzaba su epitafio hace años en su canción El cromosoma: “La muerte no me llena de tristeza, las flores que saldrán por mi cabeza algo darán de aroma”.