Entenderéis que esta semana no haya disco en el sentido con el que habitualmente incluyo en esta entrada habitual de mi blog. Discos tengo a cientos para recomendar, como tengo acostumbrado hacer cada lunes más o menos. Pero esta semana es distinto
Porque este fin de semana mi hija Georgina me regaló estas tres piezas del amplio repertorio con el que ameniza uno de los restaurantes del hotel Sheraton en Doha (Qatar). Concretamente unas versiones muy personales de Have you ever seen the rain de Credence, I will be loving you till we're 70 de Ed Sheeran y un standar de jazz, My funny Valentine de Ella Fitzgerald.
Están filmadas por su marido Danniel con un móvil, incompletas por la limitación de éste, muy deficiente sonido por los mismos motivos, a lo que se añaden camareros circulando y ruido de cubiertos, conversaciones y platos, e imágenes oscuras por el ambiente y la ubicación...
Pero es mi hija y a mí me suenan a maravilla.
Unos cuantos meses sin verla (ya queda menos para Nadal !) y miles de kilómetros que nos separan, pero basta oirla cantar para saber que la tengo aquí a mi lado.
Difícil encontrar una risa tan contagiosa como la de John Fogerty
(Berkeley, 1945), que desde su casa de Los Ángeles habla por teléfono
con su voz de adolescente educado. “Disfruto con la música y soy feliz
viajando por el mundo. No creo que pueda tener mejor situación”, asegura
este cantante y guitarrista californiano, fundador de Creedence
Clearwater Revival, posiblemente la mejor banda de rock norteamericano
de la historia. Su alegría es el indicador más evidente de que, desde
hace tiempo, el hombre que revolucionó la música de raíces
estadounidense, pero que estuvo torturado por un conflicto legal con sus
canciones, sólo mira hacia adelante.
Su último testimonio discográfico, Wrote a song for everyone
(Vanguard, 2013), refleja este entusiasmo vital, rodeándose de viejos
amigos y buenos discípulos para interpretar sus canciones más célebres.
Camaradas como Keith Urban, Bob Seger, Kid Rock o Foo Fighters y los
últimos acólitos de su impresionante legado al frente de la Creedence
Clearwater Revival como Dawes, Zac Brown Band, My Morning Jacket o Alan
Jackson dan forma a un jubiloso álbum en el que el country tiene gran peso. “Ha estado siempre presente en la psicología de la música de Estados Unidos. El rock‘n’roll le debe bastante, como se puede ver en sus primeros éxitos como Jambalaya y en pioneros como Elvis Presley o The Everly Brothers”, explica el músico, que actuaba este sábado en el ciclo Músicos en la Naturaleza, en Hoyos del Espino (Ávila).
El country ha sido uno de los grandes ingredientes con los
que Fogerty ha creado su sabrosa obra, pero no el único. El sonido
sencillo y adictivo que caracterizó a la Creedence... a finales de los
60 fue una mezcla fantástica de espíritu vaquero con rock sureño, rhythm & blues y swamppop, ese desgarrador soul
blanco a medio camino entre Louisiana y Texas. “Cuando éramos jóvenes
sonaba esa música psicodélica y en boca de todos estaban Grateful Dead o
Jefferson Airplane. No sentía que fuera mi lugar. Yo estaba en la
música de raíces... no se nos dio tan mal lo que hicimos”, ríe.
Disfruto con la música y soy feliz viajando por el mundo. No creo que pueda tener mejor situación"
Desde el verano de 1968 hasta las navidades de 1970, la banda
redefinió el mapa de la música popular cuando la contracultura estaba en
su punto álgido. Entre las cuatro paredes de un garaje familiar, estos
chicos de clase media del barrio de El Cerrito, a las afueras de San
Francisco, alumbraron un catálogo asombroso de canciones de tres
minutos, sustentadas en los riffs de Fogerty, tal vez el músico
con la mejor colección de punteos de la historia después de Keith
Richards, que entraban plenos y divinos, con ese poderoso aire blues,
inspirados en sus referentes Steve Crooper y Bo Diddley. En poco tiempo
pasaron de las emisoras universitarias a la radio nacional, arrasando
en las listas. “Fuimos como un rayo de luz, un puro destello”, proclama
Fogerty, que siempre supo que durante ese período mágico algunos les
vieron como la gran respuesta americana a los Beatles. “Podemos”,
bromea, “dejarles como la mejor banda de todos los tiempos y a la
Creedence Clearwater Revival en el segundo puesto”.
El 'country' ha estado siempre presente en la psicología de la música de Estados Unidos"
Fueron la rebelión dentro de la revolución. Allí donde Jim Morrison y
toda una legión triunfaban con su experimentación psicotrópica, su
intelectualismo y sus citas de poetas franceses, Fogerty, que ni bebía
ni fumaba, se encerraba en su habitación obsesionado con la imaginería
del Sur, que le había llegado a través de las canciones de la radio. En
su mundo habitaban personajes cotidianos, que buscaban salir adelante o
divertirse. “Hank Williams fue una gran influencia porque te hablaba del
entorno con la virtud de hacerte creer que te estaba hablando a ti”,
reconoce. Su sonido pantanoso e irresistible, lleno de resonancias
místicas, conectaba con el alma americana. Si en la literatura existe el
concepto de Gran Novela Americana para referirse a esa obra que en su
época captura con fuerza evocadora el mito de la narración humana de
Estados Unidos, por el que han desfilado autores como Herman Melville,
Mark Twain, Willilam Faulkner, John Steinbeck o Harper Lee, la Creedence
Clearwater Revival ocuparía un lugar de honor en el de la Gran Canción
Americana. Ellos señalaron con euforia un camino que luego seguirían Bob
Dylan, The Band, Bruce Springsteen y decenas de músicos y bandas hasta
nuestros días.
El hechizo se terminó en 1972, aunque Fogerty no imaginó que el sueño
se convertiría en pesadilla, después de que el dueño del sello Fantasy,
Saul Zaentz, se quedase con todos los derechos de sus canciones.
Durante años cavó su propia tumba al romper relaciones con todos sus
excompañeros, incluido su hermano: “Lo pasé muy mal. Entré en depresión.
Me era imposible ser feliz”.
Con Creedence Clearwater Revival fuimos como un rayo de luz, un puro destello
Amargado y sin rumbo, inició una carrera en solitario en 1975 marcada por los tumbos, con trabajos interesantes como Centerfield y otros muy menores como Eye of zombie,
hasta que la gira Vote for change, en 2004, junto a Springsteen y
R.E.M, entre otros, para pedir la salida del presidente George W. Bush, y
el disco Revival, en 2007, lo volvieron a conectar consigo
mismo. “Desde entonces me siento más feliz. Ya no me embarga la ira
cuando hablo del grupo”, dice. “Incluso no descarto la reunión de la
Creedence. He leído que a los otros chicos —Stu Cook y Doug Clifford, su
hermano falleció en 1990— les parece bien, así que no empieza a ser un
problema para mí. Es cierto”, asegura entre risas.